¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

martes, 27 de diciembre de 2016

Para pedirles a los reyes: artículos que facilitan la maternidad

Cuando te convertís en madre, tu vocabulario se expande de manera insospechada. Pero además de eso, te enterás de todo un rubro de productos que desconocías. Porque si bien todos hemos visto alguna vez un cochecito para bebés o una mamadera, ¿alguien que no sea madre ha reparado en los protectores para pezón, los portachupete, los esterilizadores de mamadera, las almohaditas para que el bebé permanezca panza arriba, los mei tai, las bandoleras, las mochilitas ergonómicas o los fulares (que no, no son lo mismo)?

Es cierto, la cultura de consumo te intenta hacer creer que no podés no tener el último modelo de (inserte producto innecesario aquí). Hay dispositivos varios que están pensados para "simplificarte la vida" como madre que en el mejor de los casos mantienen al bebé distraído unos minutos y después no hacen más que juntar polvo encima de un placard. 

Pero hoy vengo a hablar de aquellos ítems que sí me han sido de utilidad y que podría recomendar a alguna mamá embarazada que me preguntara: ¿qué les pido a los Reyes Magos?

Almohadón de lactancia: Estoy hablando de esos tipo chorizo rellenos con microperlas. Me lo regaló mi suegra cuando esperaba a Dani, y me sirvió para dormir un poco mejor los últimos meses de ambos embarazos, pero además es super cómodo para dar la teta, y también sirve para apoyar y contener a los bebés chiquitos. Advertencia obligada: no hay que forzar en los niños posiciones a las que no lleguen por sí mismos, y un bebé no debería dormir sin supervisión en ningún lugar que no sea su cuna y boca arriba. Hecha la salvedad...

Practicuna: Ni moisés ni catre. Esta cunita portátil me sirvió muchísimo con Dani (que durmió en nuestra habitación hasta los seis meses), para llevarla de viaje, y hasta como corralito para que juegue cuando iba creciendo. Solo la usó hasta los dos años porque amagaba con escalarla y podía caerse. Pero ahora también la usamos con Quiqui, y nuevamente la podemos llevar de vacaciones para que duerma tranquilo en el destino.

Sacaleche: Este fue un amor a segunda vista. Ya conté que me costó más la lactancia con Dani que con Quiqui, por más que mi segundo vástago sea una bestia devoradora que me ha convertido en una vaca lechera. Con un poco de práctica, le tomé la mano al exprimidor (¡perdón, extractor!) que había comprado y que no supe aprovechar en mi primera lactancia. Dani cayó muy pronto en las leches de cajita. Con Quiqui vengo zafando gracias a que puedo dejarle mamaderas de mi propia producción láctea. 

Bañerita con asiento: Por supuesto que no hay que confiarse y dejar al bebé solo en la bañera ni un segundo. Pero con el asiento al menos tenemos las manos libres para enjabonarlo y enjuagarlo, hacerle jueguitos, alcanzarle alguno de los juguetes, etc. Ideal para los primeros meses. Algunos modelos permiten sacar el asiento cuando los bebitos pueden sentarse solos y entonces duran mucho más.

Fular elástico: Adoro el porteo. Con mi primera hija apenas llegué a asomarme a este mundo de la mano de las para nada ergonómicas mochilas colgonas y la bandolera de anillas Wawita. Las usé muy pocas veces -por suerte, porque después supe que no son lo mejor para la postura del bebé ni la propia- pero me hicieron intuir que eso de llevar encima a tu bebé tenía que funcionar mejor. Vi por la calle varias chicas con fulares y le pedí uno a mi papá de regalo poco antes de que naciera Quiqui. Y no sé cómo hice para ser mamá sin esto: me ha salvado teniéndolo cómodo (¡y dormido!) más de un turno médico, un casamiento, un asado a la noche, el cumpleaños de 4 de su hermana, viajes varios en transporte público... y me sirve para relajarlo incluso en sus peores días.


Por otro lado, no recomiendo comprar:
- Chupetes (no en cantidad, al menos): Con Quiqui me pegué un chasco porque no hubo forma de que los aceptara, y nos descolocó porque su hermana había sido la versión argentina de Maggie Simpson.
- Portachupetes: Las famosas "soguitas" o "cadenitas" para sostenerlo cerca de la ropa del bebé son tan bonitas como poco prácticas. De alguna manera, el chupete siempre termina en el suelo.
- Moisés: Me prestaron uno, precioso, de mimbre. La gorda entró menos de tres meses en él. Con Quiqui ni lo intenté.
- Esterilizador de mamaderas: ¿Tenés en la cocina una olla grande, agua corriente y gas para encender la hornalla? Entonces tenés lo que se necesita para esterilizar mamaderas, chupetes, sacaleche y demás.
- Juguetes para bebés de menos de tres meses: No les dan bola. Es más interesante mirar tu cara que la del títere. Es más divertido el ventilador de techo que ese móvil con musiquita que te salió sus buenos mangos. Y, obvio, prefiere escucharte cantar a oír la música del peluche con luz...
- Baberos: Los inútiles son los muy chiquitos, que no atajan ni la comida, ni el vómito, ni las manchas del suplemento de hierro que terminan por toda la ropa. Sí sirven los muy grandes, aunque no en los casos de grandes "desbordes" de ningún tipo.
- Cochecito: Ojo, sí recomiendo tener uno, por mucho que me guste portear. Pero elegilo bien, que no sea muy pesado, que entre plegado en el baúl del auto y desplegado (con el bebé encima) en el ascensor si tenés uno en casa. Todo lo demás es un clavo.

¿Y ustedes, mamás? ¿Qué les quieren pedir a los Reyes Magos? ¿Y con qué productos se han clavado de lo lindo?

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Lograr un embarazo, lograr otro embarazo

Hoy en el blog de Babycenter estuve leyendo sobre infertilidad secundaria, el problema que muchas mujeres tienen para quedar embarazadas por segunda vez. Es algo bastante común por ser la edad que tenemos al momento de concebir un factor tan clave. Cada vez somos más las que postergamos la maternidad hasta después de los 30, y a partir de los 35 y más aún después de los 40, las chances de concebir naturalmente van raleando.

En mi caso, fue al revés. Les cuento.

Ya dejé en claro en varias entradas que soy una persona muy ansiosa, y creo que el año en el que comencé a buscar mi primer embarazo esa ansiedad alcanzó un pico. Comencé haciéndome unos estudios de rutina con mi ginecóloga de entonces, a quien no le gustó un valor en mi análisis de sangre: "con la tiroides así, no vas a quedar embarazada, y si quedás, los vas a perder", ¿pueden creer que me lo tiró así por la cabeza? Fui a ver a un endocrinólogo, quien me relativizó el problema. Me dijo que mi tiroides era "un poco perezosa" pero que no iba a impedirme tener bebés. Cuando volví con mi doctora para contarle eso, ella insistió: "bueh, probá, fijate... para mí no vas a quedar". ¿Hace falta que aclare que salí llorando de la consulta? ¿Tengo que explicar por qué se me disparó la ansiedad de esa manera? 
Dani a las 20 semanas.

Y obvio, el embarazo no llegaba. Pasaban los meses y cada menstruación era un duelo.

Pero las cosas cambiaron. Ese año tuve la suerte de dar con una buena terapia y de tratar mi ansiedad por primera vez como lo que era: ansiedad. Ya lo expliqué hace un tiempo: siempre había creído que yo era como era por mi personalidad. Cada vez que me angustiaba me decía "esto soy yo". Con esa terapia pude reconocer "esto NO soy yo, esta es mi ansiedad, y NO le voy a hacer caso". Y tampoco a la doctora mala onda (especialista en infertilidad, por cierto...).

Cambié de doctora. Un mes después, Dani estaba en camino.

Quiqui más o menos en la misma época.
Igual, y aunque jamás la volví a ver, el tiempo me demostró que la doctora mala onda algo de razón tenía. Para planificar mi segundo embarazo fui con el endocrinólogo que, al verme ya con 34 años, sí me dio la medicación. Y Quiqui llegó en apenas un par de meses de búsqueda. Pero me pregunto, cuánto tuvo que ver mi tiroides perezosa, y cuánto el haber aprendido a lidiar un poco mejor con mi ansiedad...

Por cierto, mis dos embarazos fueron hermosos.


jueves, 8 de diciembre de 2016

4 años

Hace hoy 4 años me convertí en mamá de una personita sorprendente: inquieta, curiosa, divertida, desafiante, contestadora, rebelde, precoz... Hay quienes me dicen "pasó volando el tiempo". Para mí no es tan así: en realidad, me resulta muy difícil recordar cómo era mi vida antes de tenerla a ella. Todo lo ocurrido antes de los últimos 4 años a veces se me hace tan lejano...

Dani vino al mundo aquella madrugada de 2012 y yo no me encontraba lista para ella. Esa primera maternidad me tomó desprevenida como una tormenta que te agarra en medio de una avenida sin paraguas a mano. Me costó mucho aprender a disfrutarla, a aprovechar cada momento que compartimos, a darme cuenta de que crece rápido y de que no hay vuelta atrás. Hoy estoy muy contenta porque cumple 4 años, pero no estoy apurada porque deje de tener la edad que tiene.
Esta tarde conversaba con Quiqui y le decía que él tiene que estar muy agradecido con su hermanita, porque con ella yo aprendí a ser mamá. Que seguramente, pueda ser mejor mamá para él de lo que fui con Dani en los primeros tiempos (y a veces aún ahora: una nunca deja de ser primeriza con su hijo mayor, como bien lo dicen Ingrid Beck y Paula Rodríguez en un libro que un día de estos reseñaré).
Hoy doy gracias a Dios, a la vida, a la naturaleza, al destino, a los astros... por tener en mi vida a esta hijita que llena mis días de alegría, de dolores de cabeza, de preguntas, de charlas compinches, de negociaciones, de fantasía e imaginación, de abrazos y besos, de "te amo, mami" y también de "estoy enojada CON VOS!". Disfruto compartiendo con ella lecturas de cuentos, canciones, chistes, juegos de mesa, películas, tardes de plaza, mates, ratos en la cocina y la eterna rutina a la hora de irse a dormir. Adoro verla haciéndole "payasadas" a su hermanito menorrr y dándome un beso apurado cuando nos acercamos a la puerta del jardín. Extraño un poco nuestras "noches de chicas", pero con la ayuda de papá reloaded, sé que pronto iremos reencontrando nuestros momentos.

Feliz cumpleaños, Dani, mi chiquita grande, mi enana, rebelde de la siesta, hija y hermana mayor, reina de cada uno de tus mundos imaginarios y de mi corazón de mamá inexperta! ¡Te amo con toda el alma!

Y feliz día también para mí: hoy hace 4 años que me recibí de mamá. O, mejor dicho, que comencé la carrera. La más difícil y la más hermosa del mundo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Mamá re-cargada

Cuando decidí darle a mi blog un nombre, lo primero que pensé fue en "mami recargada", en el sentido de que se recargan las baterías, o que se vuelve a llenar una botellita de agua para seguir tomando, pero finalmente me decidí por el término en inglés. Y no, no solamente por la película Matrix (la segunda parte no me gustó nada) sino porque me pareció que el término extranjero no tiene la connotación negativa que puede tener en español (al menos, el español argentino que hablo) re-cargada, como sobrepasada, demasiado cargada, abrumada, etc. 
Ser mamá de dos, en principio, ha sido una manera de redoblar mi alegría por ser mamá, de sentirme más segura. Ya sea por la experiencia previa o bien por procurar hacer algunas cosas distintas, como conté cuando hablé de mis primeras veces con dos hijos, me siento mejor mamá por serlo por partida doble.
Cara de "mami re-cargada" necesita sus espacios...
Pero hay días en que debo admitir que sí me siento recargada. En el sentido de re-cargada. Recontra.

Esta fue una semana difícil. Y no, no tanto por las noches interrumpidas por mi bebé, que todavía no tiene dos meses. Más que nada, es Dani, mi hija mayor, la que me satura por momentos. Está muy celosa de su hermanito, que cada vez está más adorable. Cuando nació, en ella predominaba la alegría y la ternura hacia el nuevo bebé que los celos. Pero ahora que los desconocidos me paran por la calle para alabar al bebé, ahora que él sonríe y pasa más ratos despiertos, ella siente como nunca que ha perdido el estrellato. Y nos lo hace notar. 
Lo peor es que se porta terrible cuando estamos los cuatro juntos, con su papá, y cuando más siento que tendríamos que disfrutar del tiempo en familia, nos lo pasamos los dos retándola y volviéndonos locos para arreglar todo lo que el huracán Dani va dejando en su camino de destrucción... 
Y yo entiendo que ella necesita más que nunca saberse amada, comprendida... que debería armarme de paciencia y darle dosis extra de abrazos en lugar de gritarle que no se toca el ventilador, que no se les tiran ramas a los autos, que no se le pega a mamá o que la comida es para comer y no para jugar... Pero a veces la situación me sobrepasa. Esta semana, por ejemplo, se complicó más de la cuenta porque Dani se pescó una conjuntivitis, yo me la contagié, y ya expliqué que no soy buena con los temas de salud, ni míos ni de mis hijos.

Mientras tanto, con Quiqui también me ocurre que, al estar más grande y más vivo que antes, me demanda más esfuerzo: quiere dormirse solamente conmigo y no con su papá, o sea que, además de la teta, ahora siento que soy la encargada de que descanse. Pareciera que depende de mí para todo. 
Y si a esto se le suma que mi marido viene de unas semanas muy ocupadas en su estudio y su trabajo, no es de extrañar que me sienta sobrecargada. El no contar con espacios propios más que la maternidad, el no salir sola a la calle siquiera a dar una vuelta manzana porque soy la única disponible 24x7 para cuidarlos a ambos chicos, el que encima mi hija mayor esté tan difícil y se la tome conmigo (¡como debe ser! No quisiera que se desquitara con el bebé), todo esto me deja agobiada.
Extraño juntarme con mis amigos. Esta semana me puse de muy mal humor porque se organizó una mega salida para ir a ver Doctor Strange y me la perdí. Extraño el cine. Extraño mis clases de yoga. Hasta extraño mi trabajo a veces. Sé que terminaré por volver a cada una de estas actividades de acá a un tiempo, pero por ahora a veces siento que soy mamá, y nada más. ¡Y es duro!

Hoy, sábado, hicimos algo al respecto. Hablé con el papá, le dije que prefería ir YO a hacer las compras, que él se quedara con los chicos. Y hubo algo más: Quiqui tomó en brazos de su papá su primera mamadera (de mi leche). Se la tomó con ganas, como el gordito que es. Esto me dejó un poco más tranquila, saber que puedo llegar a salir y que él se alimente igual en mi ausencia. Y Dani se puso muy contenta cuando le dije: "al cumple de tu amiguita la semana que viene te llevo yo, yo sola, y papi se queda cuidando a tu hermanito. Nos merecemos una salida de chicas".
Y necesitamos reconectarnos, volver a sentir lo lindo que es pasar el tiempo juntas.
Y yo, apreciar lo maravilloso de tener dos hijos y recuperar paciencia para esperar el reencuentro con las otras partes de mi vida que ahora aparecen ausentes o desdibujadas.


viernes, 25 de noviembre de 2016

De sueño, siestas, despertares y terrores

Si Martin Luther King hubiera sido una madre (Martina, ponele) no hubiera dicho "tengo un sueño" sino simplemente "tengo sueño", o "tengo un sueño bárbaro". Malísimo el chiste, ya lo sé, pero qué pretenden de mis pobres neuronas después de una noche típica con un bebé de un mes y medio... y si a eso se le suma que no es el único niño del hogar, hagan la cuenta de cuánto hace que no paso una noche de descanso como la gente.

Duerme sin problemas (aunque con ruidos de chanchito)
En fin, en realidad no tengo de qué quejarme con Quiqui. Desde que lo trajimos a casa (¡dos! días de vida) duerme más de noche que de día, como si hubiera venido con reloj biológico preprogramado de fábrica. Es dormilón, siestero y pancho. Después de tomar la teta, se vuelve a dormir. Aún así, mis buenas noches con él consisten en un par de tandas de dos horas y media y, con suerte, una horita más de yapa. Lo entiendo, es chiquito y tiene que comer, esto significa: mamá-teta no tiene que dormir. Pero mi peor cansancio no se lo atribuyo a tener un bebé. Tiene que ver con nuestro ritmo de vida que es el que no nos deja descansar. Las redes sociales, el celular, la tele, todo le roba horas al sueño. Y a las ocho menos cuarto de la mañana puede que mi hijo esté durmiendo como un bendito pero el despertador para llevar a la nena mayor al jardín suena igual. No importa si anoche dormí solo 5 horas. O 4. O nada. Y tengo que estar agradecida por mi licencia por maternidad privilegiadamente larga que me permite tirarme a hacer una siestita a la tarde.

Una de las que fue sus últimas siestitas... Ahora prefiere jugar.
Dani, en cambio, siempre fue de dormir poco y mal. Prácticamente no supe lo que era dormir una noche de corrido hasta que ella tuvo dos años y medio. Hasta consultamos con una psicóloga infantil para que nos asesorara. Por suerte, con algunos cambios en su rutina y mucha firmeza (eso sí, sin lágrimas a la hora de dormir, no creo en Estivill), conseguimos que durmiera mucho mejor. Pero este año también dejó las siestas. Y está bárbara con una noche de 9 horas y media, 10 horas, cuando a su edad algunos nenes duermen por lo menos eso más las dos de siesta obligada.

Anoche fue mi hija mayor la que me dio una nueva (y fea) sorpresa relacionada con el sueño. Acabábamos de apagar la luz cuando nos sacudió el alma con un grito de angustia. Fuimos a ver qué le pasaba y la vimos llorando a gritos, muy angustiada, y no nos decía qué le pasaba. Se agitaba, pegaba patadas, y parecía que no nos registraba. Y es que, de hecho, no lo hacía: ahora sabemos que lo que te tocó pasar a Dani fue un terror nocturno, episodio que a veces se confunde con una pesadilla pero del que los chicos no tienen memoria al día siguiente. Estuvimos varios minutos tratando de calmarla hasta que al fin reaccionó y pudo seguir durmiendo. A nosotros nos costó todavía un rato largo volver a relajarnos. 

Lo que pude investigar de los terrores nocturnos es que tienen que ver con la inmadurez del sistema nervioso de los chicos y una alteración de sus ciclos de sueño. Son más raros que las pesadillas, pero en principio benignos y no tienen consecuencias para su salud. No les tocan a todos los chicos: son más frecuentes entre los 4 y los 12 años, y en niños con padres con antecedentes de terrores nocturnos o de sonambulismo (yo tuve algún que otro episodio de caminar dormida de chica). Y suelen ocurrir cuando los nenes se van a dormir muy agitados, o cuando están atravesando alguna situación de estrés. Y este año fue complicado para Dani, con mudanza y hermanito...

En fin, viéndola agitada en sueños, y después cuando se despertó y le dijimos de volver a dormir, ella me tomó la mano y me dijo "contigo" (porque se le pegó el español neutro), me di cuenta de qué chiquita es ella también todavía, de cuánto me sigue necesitando, y de cuántas noches difíciles me quedan atravesar aún hasta que mis hijos crezcan. Y no se puede saltear ninguna etapa. No hay maternidad reloaded que valga en este caso.

sábado, 19 de noviembre de 2016

Papi Reloaded

Hoy está cumpliendo 35 años la persona más importante para mí (sí, bueno, junto a Dani y Quiqui, pero sin él no existirían mis hijos para el caso). Mi compañero de aventuras, de viajes, de lecturas y de maratones seriéfilas. Alguien a quien cada día elijo desde hace doce años y medio y sin el cual me resulta imposible imaginar cómo sería mi vida. Con él compartimos un sentido del humor muy parecido, nos entendemos con miradas cómplices y también discutimos sanamente de vez en cuando. Y nuestra relación no ha hecho más que crecer desde que, hace casi cuatro años, emprendimos juntos el camino (a veces accidentado) por la paternidad y la maternidad.

Como papá, lo veo disfrutar enormemente de la compañía de nuestros hijos. Se le iluminan los ojos cuando ve las primeras sonrisas de Quiqui, y se le escapan carcajadas ante los retruques de Dani (incluso cuando estamos de acuerdo en que no le podemos dejar pasar una porque esta pibita todo nos lo negocia). Le divierte jugar "bruto" arrojándola por el aire y tirándose juntos al piso. Toca la guitarra para ellos y canta aunque no le guste cantar. Inventa cuentos del autito Camilo a la hora de dormir. Los baña, los cambia y hasta está aprendiendo a peinar a Dani aunque él mismo no necesita ningún peine desde hace años.

También es nuestro guardián, siempre atento a que estemos seguros, a que lleguemos bien a casa y pendiente de nosotros cuando él no está. Porque Papi Reloaded hace de todo: trabaja, estudia, toca música, entrena... y además es un gran amo de casa atento a buscar buenos precios y a encargarse de que la cena esté lista a la hora de comer (aunque a veces se le haga tarde). Y de él tengo tanto que aprender... marca claramente los límites y a la vez, me ayuda a mí cuando no sé manejar alguna situación o cuando me siento desbordada. Juega en el cuarto de Dani los fines de semana para que yo pueda dormir otro ratito y siempre me deja una taza de café lista a la mañana antes de irse a trabajar. Y aunque a veces necesita pasar ratos encerrado en su mundo y en silencio, siento que lo conozco mejor que a nadie y que cada día que pasa me siento más afortunada por tenerlo de compañero en esta increíble aventura que emprendemos a diario.

Y la increíble buena suerte que tienen Dani y Quiqui por tener a este papá.

¡Te amo! ¡Feliz cumpleaños, mi amor!

jueves, 10 de noviembre de 2016

Los que considero mis puntos fuertes

Hace algunos días, compartí los que creo que son mis lados flacos como madre, aquellos aspectos de mi maternidad que, si fueran materias, me estaría llevando a examen casi seguro. Pero no me considero una mala mamá (al menos, no la mayor parte del tiempo). Y, con el correr de los años, descubrí ciertas características mías que me llenan de orgullo y que hacen más fácil mi vida como madre. Hoy decido compartirlas también.

- Soy sumamente organizada. Tengo una agenda en el cerebro y soy experta en recordar fechas importantes y compromisos, tanto míos como de mi marido y de mis hijos. Siempre contesto las notas en el cuaderno de comunicaciones, no se me pasa jamás un turno con el pediatra, ni dejo de avisarles con tiempo a los abuelos de la fiesta de fin de año en el jardín de mi hija. Esta característica me ayuda a lidiar con las mil y una tareas pendientes que cualquier mamá siempre tiene sobre sus espaldas. Encima, es un logro compartido porque con mi marido hacemos un equipo excelente para repartirnos las cargas domésticas (compras, cocina, orden, lavado de ropa, etc.), lo que nos permite relajarnos después de un largo día, seguros de haber cumplido con todo lo importante.
- ¡Amo cocinar rico y variado! Soy de esas madres que se esfuerzan porque sus hijos coman de todo, principalmente alimentos sanos pero también deliciosos. Cuando Dani cumplió seis meses y empezamos a introducir los sólidos en su dieta, me entusiasmaba descubriendo nuevas maneras de preparar verduras, carne, pollo, legumbres... sacaba la cuenta de cuántas cosas ya podía comer y lo bien que las aceptaba. Con casi cuatro años, hoy en día ella está más quisquillosa y selectiva con la comida (cosa que sé que es natural y esperable en los chicos de su edad). Aún así, todos me felicitan por lo bien que come y lo completo de su dieta. Creo que es en buena medida un mérito mío por el entusiasmo que le pongo al tema. Y juro que no es obsesión por la comida sana: ¿cómo le voy a prohibir una hamburguesa o un chocolatín de vez en cuando? Es simplemente que para mí la buena comida es uno de los placeres más grandes de la vida, y me encanta transmitírselo.
- Me gusta mucho el diálogo que tengo con mi hija. Adoro responder todas sus preguntas y me encanta hablarle como una persona, no como un bebé. Más allá de que entiendo que tiene solamente cuatro años (es más, todavía no los cumplió) me interesa tratarla con respeto y explicarle las cosas de manera que pueda entenderlas. Disfruto mucho de ayudarla a poner en palabras sus sentimientos, lo que le pasa. Espero poder compartir lo mismo con el más chiquito cuando aprenda a hablar (ya conté que me cuesta dialogar con él ahora que no me responde).
- Creo que un último mérito a destacar (compartido con muchísimas mamás que conozco y que me inspiran) es el constante esfuerzo que hacemos por mejorar, por aprender de nuestros propios errores y ser, cada día, más parecidas a la mamá con la que soñamos ser. No todos los días nos sale. Ni durante todo el rato. Pero el logro está en sostenerlo en el tiempo. Y en prestarles atención a nuestros hijos para aprender de ellos.

sábado, 5 de noviembre de 2016

¡No sé qué hacer con mi bebé!

Me pasó cuando Dani era chiquita y me pasa ahora: hay momentos en los que no sé muy bien cómo relacionarme con mi bebé recién nacido. Disfruto muchísimo de darle la teta, de bañarlo y de tenerlo dormido en mis brazos. Exprimo al máximo cada segundo libre que me deja cuando está dormido en su cuna. Me encanta pasear con él en el cochecito y ver su carita mezcla de asombro y desconcierto. Y si bien no es lo que más me gusta, sé que hacer en el momento en que tiene los pañales sucios.

No. El problema (?) son justamente esos momentos en los que no le pasa nada de todo eso. Está despierto, tranquilo, no tiene hambre o acaba de terminar de comer, y empieza a mirarme con esa carita de "bueno, mami, ¡entreteneme!". Me agarra el ataque de ¿y ahora qué hago? Es recién nacido: todavía no sonríe, no puede agarrar juguetes, no sostiene la cabeza, no se sienta... ¿cómo jugar con él? ¿Cómo estimularlo sin sobreestimularlo? Lo alzo, lo cambio de posición, lo paseo en brazos... ¿y después?
"Bueno, ¿y ahora qué, vieja?"
Los manuales dicen que hay que hablarle, contarle lo que hacemos... pero me cuesta hacerlo con alguien que no me responde, que se supone que me entiende pero todavía no me entiende. Le canto, de a ratitos, pero no me fluye tan natural por ahora. Lo acaricio, le doy palmaditas, pero mucho más no me sale. No me fluye.

Con mi hija mayor descubrí los mayores placeres de ser mamá a partir de que empezó a hablar: hubo definitivamente un antes y un después en mi relación con ella, no porque la quiera más sino porque me resulta más fácil relacionarme con ella. Soy por naturaleza una persona muy verbal, y los primeros dos años la maternidad se me hizo muy difícil, creo ahora, por no poder compartir el lenguaje con mi bebé. Y por algo habrá sido que mi hija salió charleta como yo (mi marido dice que incluso me supera). 
Mi secretaria.

Bueno, nuevamente, para esta primera etapa con Quiqui me viene fantástico ser mamá recargada: la tengo a mi pequeña ayudante al lado para entretener a su hermanito, para jugar con él, para "hacerle payasadas" y llenar esos ratitos breves de vigilia del bebé donde se muere de ganas de comerse al mundo con los ojos. Esos momentos que se irán extendiendo a medida que necesite dormir menos, y que se irán haciendo de a poco más fáciles también para mí que, me doy cuenta, me resulta más fácil ser mamá de nenes pequeños que de bebés.

martes, 1 de noviembre de 2016

Mi lado débil como mamá

Por supuesto que no hay madres perfectas, todas lo sabemos y lo repetimos "no puedo ser perfecta, no hay madres perfectas". Pero claro, las mamás ansiosas buscamos la perfección, aún cuando sabemos que no existe. Me reconozco como una eterna perfeccionista. Y, en lo que a maternidad se refiere, en estos casi cuatro años he conseguido sentirme orgullosa de algunos de mis logros como madre. 
Pero de eso hablaré en otra oportunidad.

Hoy me interesa más bien reflexionar sobre aquellos costados flacos, puntos débiles que también me encuentro. Ya a esta altura ni siquiera lidio por cambiarlos, sino simplemente por aceptarlos. Forman parte de mí como madre, hacen que sea una mamá normal e imperfecta como todas y el asumirlos me sirve para aceptarme como soy, relajarme un poco y disfrutar más de aquellas cosas en las que sí soy buena. ¿Y en las que no? Paciencia. Los hijos se crían igual. 

Ahora sí:

- Soy una madre terrible con las enfermedades. Obvio que cumplo con las tomas de remedios, las nebulizaciones, los turnos del pediatra. Pero no soy buena madre al lidiar con problemas de salud. Me cuesta ponerle onda, paciencia y amor. Nada de madre abnegada que se desvive al lado de su hijito en cama. Mi estado de ánimo oscila entre el negativismo catastrófico-hipocondríaco (del estilo "uh, fiebre, ¿será una eruptiva? ¿Será contagioso? ¿Será MORTAL?"), los ataques de llanto y de nervios a escondidas (de la niña, no del pobre marido que me soporta), y  ya cuando la criatura cursa la convalecencia, la resignación cínica-apática ("ponele la tele una hora más, no me la aguanto..."). No tolero los días (o semanas) con mi hija enferma. Con el más chiquito todavía no me tocó, pero ya van a llegar, y con los dos a la vez... tiemblo de solo pensarlo.
- También soy malísima con el encierro en días de lluvia. Se me ocurre que esto del encierro también me debe funcionar como factor contra las enfermedades. Y es que soy una mamá de plazas, parques, visitas y demás paseos, no me pidan que le ponga mucha onda a las tardes entre cuatro paredes. Un fin de semana largo con lluvia es una pesadilla para mí como madre. Reconozco que, a medida que mi hija mayor crece, juega más sola y podemos participar de juegos de mesa, que me ayude a cocinar, ver películas, etc. se me ha ido haciendo un poco más tolerable el quedarme en casa. Pero de todas maneras, las horas se me hacen chicle entre las cuatro paredes. Cosa que no me pasaba cuando me quedaba sola, sin hijos.
- Algo que me parece hasta menor y anecdótico si se quiere, pero no le doy demasiada importancia a la ropa que llevan puesta mis hijos. Ahora que Dani empezó a elegir, la dejo ponerse casi casi lo que ella quiere (y tiene mejor gusto para vestirse que yo). Pero nunca fui de tenerla emperifollada cual muñequita sino de caer en la comodidad de la tríada calzas-remera-zapatillas. Y la peino por una cuestión de higiene y de prolijidad mínima, pero no soy fanática de hacerle peinados (para eso tiene, por suerte, una tía muy creativa). Con respecto al abrigo, soy un poco más aplicada pero solo porque me obligo a mirar la temperatura en la tele antes de salir de casa y pensar "¿qué diría mi suegra si hoy la saco sin campera?". Además, mi mencionada fobia a las enfermedades de los hijos me funciona como motivación para no descuidarme tanto en este aspecto.

Y ustedes, mamás que me leen, ¿creen tener algún punto débil en su maternidad? ¿Cuál sería? ¿Les parece que es más importante reconocernos y aceptarnos así como somos, o por el contrario, que deberíamos trabajar precisamente sobre este costado por el bien de los hijos?

viernes, 28 de octubre de 2016

Brotes de crecimiento -o cómo mi adorable bebito se transformó en el niño sanguijuela

Anoche mi dulce Quiqui activó el modo sopapa: no se me despega de la teta. No logré dormir más de una hora seguida, que él se volvía a despertar y se prendía por una hora y media más. Y nada de cerrar los ojos y relajarse, tomaba como desesperado, con hociqueos y gruñidos de chanchito. Me resigné a tenerlo prendido al pecho y a pasar una de esas noches sin descanso a las que Dani en su momento me tuvo acostumbrada.

Y es que hace poco comprendí el tema de los brotes (o crisis) de crecimiento de los bebés. Parece que hay tres muy importantes que se suelen dar en todos los chicos más o menos para la misma época: a las 3, a las 6 y a las 12 semanas de vida aproximadamente. La primera, la de las tres semanas, es la que le toca atravesar a mi bebé. Simplemente, él está más grande y necesita más leche de la que viene tomando hasta ahora. Es cuestión de ponerlo a tomar todo lo que él me pida para que mi cuerpo en pocos días aprenda que debe producir más y todo se vuelva a normalizar. Mientras tanto, resignarme a que por estos días Quiqui se ha convertido en el bebé sanguijuela.

¿En qué me cambia ser mamá de dos? Esta misma crisis la debo haber atravesado con Dani y hoy no la recuerdo. Sí me doy cuenta de la diferencia de tener una buena pediatra para que te ayude a sostener la lactancia. El doctor de Dani era un excelente profesional, pero un señor muy mayor y con una visión muy clásica de la crianza: abogaba por "ordenarle las tomas", que "no me use la teta de chupete", y a la vez, me reconocía que la nena lloraba porque tenía hambre. ¿Qué hacer? En su caso, terminé recurriendo a la leche de fórmula en carísimas cajitas (el famoso "complemento"). Ahora, la nueva pediatra me dice que no me preocupe tanto, que si mi bebé pide teta quince veces le dé teta quince veces, que tiene menos de un mes, no lo estoy malcriando ni creando malos hábitos.

Por ahora, tengo muy firme mi propósito de sostener la lactancia cueste lo que cueste. Y, a diferencia de lo que me pasó en mi primera maternidad, una crisis de crecimiento no me genera angustia (aunque sí muuucho sueño), no me desespero, no siento ganas de salir corriendo, sino simplemente de sentarme a escribir.

jueves, 27 de octubre de 2016

Primeras veces con los dos

¡Por fin pude salir un poco! Ayer tuve control con mi obstetra y me dio permiso para ir retomando mi vida normal (¿será posible una vida normal con una nena y un bebé?). Así que hoy me ocupé de llevar a Dani al jardín de infantes, por supuesto con Quiqui bien instalado en su cochecito. Creo que el gordo ni se dio por enterado del paseo.
Claro que para mí fue bastante complicado: el bebé se largó a llorar mientras yo preparaba la leche para su hermana, tuve que prenderlo de la teta y desayunar con una sola mano, además de dejar la casa patas para arriba para que no se me hiciera tarde porque para la entrada del jardín, a diferencia de para la teta, sí hay horarios que cumplir. El cochecito resulta que no entra en el ascensor así que hay que llevarlo plegado. Pero cuando pienso que estuvimos a punto de mudarnos a un segundo piso por escalera, cierro la boca. No me puedo quejar, ¡al menos hay ascensor!
Además, quilombos aparte, me hizo bien salir. Y no solo a mí. Para Dani habrá sido importante ver que de nuevo soy yo quien se encarga de despertarla, vestirla, prepararle el desayuno (y perseguirla para que se lo tome), peinarla... está buenísimo haber contado con su papá durante todos estos días, pero la verdad es que yo también extrañé nuestra rutina juntas.
Hace un par de noches también me tocó por primera vez quedarme sola en casa por varias horas con los dos chicos, y todo salió bastante bien. Cuando su papá está trabajando o estudiando, con Dani siempre decíamos que era una "noche de chicas" y ahora en cambio es de "mamá con los nenes" o de "chicas con bebé" como dijo ella.

Creo que estoy valorando más los momentos que comparto con mi hija mayor. Siento que ser mamá de dos me ha renovado como mamá, me ha dado una energía extra (aún durmiendo pocas horas) que cuando fui mamá por primera vez no tenía. Tal vez gracias a Quiqui pueda ser mejor mamá también para Dani. Y seguro que gracias a lo que vengo viviendo con Dani puedo ser mejor mamá para Quiqui.

Hoy estoy contenta y me siento muy optimista.

domingo, 23 de octubre de 2016

¿Se puede disfrutar del puerperio?

Puerperio. Es una palabra que, hasta que no te toca atravesarla, casi no forma parte de nuestro vocabulario. El puerperio es muy real pero está disimulado, a diferencia de la menstruación, del embarazo, del parto. ¿Se espera que cuando una mujer tiene a su bebé salga de la clínica divina, maquillada, calzando el jean elastizado que hace 7 meses que no le entra y que el bebé duerma de corrido para que los padres puedan salir de joda pronto? ¿O no tanto?

Creo que así pensaba yo después de haber tenido a Dani. Los primeros días -excepto que en vez de días serían semanas o meses- como madre se me hicieron eternos, sentí que todo lo que yo era, todo lo que me gustaba hacer, todo se había ido no sé a dónde, y esta que quedaba acá ya no era yo misma. No me encontraba, no me reconocía. Por eso, moría de ganas porque el puerperio pasara lo antes posible: dentro de X días voy a poder volver a salir, dentro de X semanas podemos sacarla a pasear, dentro de X meses ya va a dormir de corrido, etc. Estas expectativas, apenas hace falta aclararlo, no siempre se cumplieron. Y por eso viví mis primeros meses de maternidad con mucha ansiedad y frustración.

El hecho de haber tenido una hijita tan despierta (literalmente despierta, dormía poquísimo desde bebita) y la privación consecuente de sueño no me ayudaron. Hubiera dado cualquier cosa por adelantar el tiempo. Quería que todo pasara rápido: que durmiera, sobre todo, pero también que nos permitiera volver a salir, que sostuviera sola la cabeza para no tener que tenerla permanentemente en brazos, que pudiera tomar mamadera pronto para poder dejársela a una abuela, que superara la edad de los cólicos, que comiera sólidos para que no dependiera tanto de mi teta.... Solo con terapia logré relajarme (mínimamente) y sentir que las cosas mejoraban con el paso de los meses. Pero aún hoy me siento culpable por no haber disfrutado más y mejor de la primera infancia de Dani. A veces siento que la cargué de ansiedad, siempre esperando tenerla un pasito más adelante del que le estaba tocando atravesar.

A ver, en principio cualquier puerperio es una etapa difícil. Nadie diría que es lo más lindo de tener un hijo. Una está medio endeble después del parto (escuché que con cesárea la recuperación es todavía más lenta). Todavía nos sobran kilos por todos lados. La casa es un caos. Hay pilas de ropa de bebé para lavar acumulándose por los rincones. Nunca encontrás el momento para sentarte a la mesa y compartir una comida en familia. No dormís bien (o directamente, no dormís). El bebé llora mucho.

Pero de esta segunda experiencia vengo aprendiendo que es posible encontrar paz en algunos momentos. La clave está en aceptar las cosas como vienen. ¿No se puede salir con el bebé durante el primer mes porque casi no tiene defensas? A disfrutar de quedarse en casa. ¿Nos quedó la panza floja después de parir? Estoy dando la teta, no me jodan, a relajarse y darse un festín de delivery y facturas. ¿Durmió tres horas de corrido? ¡Maravilloso! No se le puede pedir más a esta altura. ¿Vienen visitas? A aprovechar para conversar con otros adultos (aunque probablemente te la pases hablando de tu bebé). ¿Estás dolorida por los puntos? Aprovechá para quedarte en la cama mientras tu pareja pueda darte una manito. ¿El bebé llora por los cólicos? Paciencia... y pensá en que son algo normal de su desarrollo que quedará pronto en el olvido (si recordara todo lo que me tocó pasar con Dani, dudo de que graciosamente hubiera elegido tener un segundo hijo...).

Tal vez sea que esta vez me tocó un bebé más tranquilo, pero no la vengo pasando tan mal. Entonces, pienso que tal vez (solo tal vez) se puede disfrutar del puerperio... siempre y cuando no pretendamos que sea algo que no es.

miércoles, 19 de octubre de 2016

#NiUnaMenos


Si ya de por sí es un desafío criar a una hija en un mundo que sigue siendo machista, enseñarle a respetarse a sí misma, a quererse como es, a perseguir sus sueños más allá de las imposiciones sociales, a no dejarse llevar por los patrones de belleza impuestos por los medios de comunicación...

... Aún más desafiante me resulta la perspectiva de educar a mi hijo varón para que él también crezca siendo respetuoso, aceptando el "no" de las mujeres, separándose de los estereotipos de masculinidad que tanto daño nos hacen ("los varoncitos no lloran", "no juegues con muñecas", "el rosa es color de nenas"), procurando que él, como hombre, también sea feminista, porque la alternativa es seguir perpetuando este modelo patriarcal que nos mata.

Pero es un desafío que vale la pena.
Espero estar a la altura.

martes, 18 de octubre de 2016

¿Es más fácil parir por segunda vez?

En estos días, esa pregunta me la hacen muchos de los que vienen a conocer a Quiqui. También yo me lo preguntaba durante el embarazo. Hablé con mi partera al respecto, así como con varias mamás que conozco que se han atrevido a ir por el segundo niño. Por mi parte, yo había crecido escuchando la historia de los partos de mi propia mamá. El mío (el de su hija mayor) fue bastante bravo: más de 12 horas de trabajo de parto luego de romper bolsa, yo terminé naciendo con forceps y mi mamá necesitando una transfusión. El de mi hermana, 17 meses más tarde, un parto "de película" según cuenta mi mamá: rápido, casi sin dolor, a pesar de que la beba pesó más de 4 kilos.

En mi caso, puedo decir que, definitivamente, este segundo parto fue más rápido. Yo con Dani había tenido un parto natural, tras 6 u 8 horas de dilatación y 2 más pujando en la sala de partos (si bien bajo efecto de la peridural no se me hizo tan tremendo como suena). Con Quiqui fueron solamente 2 horas y 40 minutos desde que me interné hasta que lo tuve en brazos. Nació en ¡dos pujos! y no llegaron a verlo salir al mundo ni su papá (que estaba terminando de ponerse el ambo para entrar) ni siquiera mi obstetra, que entró detrás de él. Me asistió una partera amorosa que me dio muchísimo ánimo pese a que nunca la había visto antes.

Ahora sí, lo que recuerdo de este último parto fueron unas primeras 2 horas de contracciones bastante manejables con la respiración (y donde me ayudó muchísimo el papá)... y unos 15 minutos de agonía mientras terminaba de dilatar y aún no había llegado el anestesista. De hecho, creo que casi no llegué a beneficiarme de la peridural esta vez, me la aplicaron y a los 2 minutos parí, así que dudo que haya llegado a hacerme efecto.

En esos 15 minutos creo que experimenté un dolor "concentrado", mayor incluso al que recuerdo del parto de Dani. Lo loco es que se trata de un dolor trascendental, de alguna manera una siente que es necesario (y lo es) para poder verle la carita a tu hijo y pocos minutos después, cuando tenés al bebé encima tuyo, todo resbaladizo como un pez y mirándote con cara de susto, ese dolor se olvida. Por cierto, de mis dos partos guardo idéntica sensación de orgullo y de logro cumplido.

Esta vez estuve más consciente que la primera que el parto es un trabajo de dos: de la madre y del bebé. Tampoco Quiqui la habrá pasado bien: con sus 3,890 kilos, se fracturó una clavícula al nacer. Hoy día está muy bien, se va a curar solo, pero para él no fue sencillo venir al mundo como para mí tampoco fue traerlo.

Entonces, ¿es fácil parir por segunda vez? En mi caso, puedo contestar que no. Pero para las amigas primerizas que me lo preguntan, respondería que el saber que tanto dolor tiene recompensa y el hecho de que sea más rápido todo, es razón más que válida para perderle el miedo a tener un segundo hijo.

lunes, 17 de octubre de 2016

Tejer

Me reconozco como una persona muy ansiosa. Lo padezco desde que soy muy chica y me cansé de escuchar a los demás quejarse de mi pesimismo y de mi tendencia a anticipar desgracias. De hecho, recibir hace algunos años un diagnóstico profesional de TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada) fue más un alivio que otra cosa. Me explico, no es que "yo fuera así" por ser yo, sino que muchas de las características más molestas de mi personalidad eran atribuibles, justamente, a mi ansiedad. No era "marianismo" esa vocecita interior que me decía que un dolor de cabeza era una aneurisma a punto de estallar, o que el mundo se iba a terminar el 21/12/12 según una supuesta profecía maya, o que si mi marido no respondía el celular era porque lo habían asaltado: era mi ansiedad.

Reconocer mi trastorno de ansiedad, comenzar a tratarlo y sentir cómo mi vida mejoraba fueron, casi casi, la misma cosa. De todas maneras, varios años después sé que la ansiedad es algo con lo que deberé convivir de por vida, algo tal vez sin lo cual no sería quien soy, que también me ha ayudado a ponerme las pilas con muchas cosas (ser organizada, cumplir plazos, aprender a trazar metas realistas, llegar a determinados objetivos, etc.)

Y, por supuesto, como madre no pude otra cosa más que ser ansiosa. En mi primer embarazo (y bastante menos en este segundo) tachaba los días del primer trimestre pensando que cada uno que pasaba mi bebé tenía más chances de nacer. Esperaba con ansiedad las consultas médicas con una lista de preguntas. Contaba los días que pasaban hasta la siguiente ecografía.
A la vez, no quería transmitirle esta ansiedad a mi bebé. Cuando estaba de 6 semanas de embarazo de Dani, tuve un pico de presión alta. Cardiólogo y holter de por medio, la conclusión fue la siguiente: estás cagada en las patas. Bajá un cambio si no querés que todo eso le llegue al bebé.
Me ayudó mucho comenzar a hacer yoga de embarazadas, para centrarme en el presente (si bien no tanto como me gustaría, pero algo es algo). Busqué conectarme con la respiración y con el ahora. Y cada vez que me aparecía un pensamiento cuco, me repetía a mí misma: "no es una premonición, no son poderes proféticos, es solamente tu ansiedad, no le hagas caso".

Comenzando la manta de Dani, si Fiona me deja.
Pues bien, otro de los recursos que me ayudó a paliar mi ansiedad, a conectarme con el momento presente y a bajar un cambio en mis pensamientos -tanto los negativos como los positivos, porque lo cierto es que mi cabeza siempre va a mil y a veces me agota, además de agotar a quienes tengo a mi alrededor- fue el que le da título a esta entrada: aprender a tejer. Estaba embarazada de pocos meses de Dani cuando una compañera de trabajo me enseñó los primeros pasos básicos, como ser montar los puntos, hacer la trama básica santa clara y revés, cerrarlos. Con ella y con algunos tutoriales de Youtube como este, logré terminar -en varios meses- mi primera mantita para mi hija.

Desde entonces, le he hecho a ella un gorrito, unas polainas y dos bufandas, además de mantas para varios bebés de familiares, amigas y colegas, más bufandas para mi hermana, para la madrina de mi hija, para mi marido, para mi mamá...
Con Quiqui fue la primera vez que tejí con hilo, ya que lo esperábamos para una época del año más cálida. Fuimos a comprar el material con Dani, que me ayudó a elegir un color que le fuera a gustar al "hermanito menor". Empecé la manta junto con mi licencia por maternidad, y tejiendo un rato cada día, la terminé un par de semanas antes de que él naciera.

Proyecto terminado.
Tejer me ayuda a bajar mi ansiedad porque me conecta con lo que estoy haciendo. Mantiene mis manos ocupadas y mi mente más libre. Me relaja, me ayuda incluso a conciliar pronto el sueño y a dormir mejor. Siempre me gusta tejer un rato antes de tomar una siesta reparadora. Y lo veo como un pasatiempo productivo, ya que cuando termina todo, te queda una cosa hermosa terminada, no como ocurre con esas granjas o ciudades virtuales de los jueguitos de Facebook con los que tiempo atrás dejaba pasar las horas muertas...

Mi abuelo me dijo un día, respecto a mi tejido para mi bebé: "Cada punto es un beso que le da su mamá". Pero también es una palmadita de confianza, una caricia y un estímulo que me doy a mí misma.


domingo, 16 de octubre de 2016

Y se va la segunda

No soy una blogger primeriza.

Mucho, muchísimo tiempo atrás, fui la creadora de un blog de relativo éxito: me trajo muchos amigos, fama virtual (?), satisfacciones y automotivación para cumplir con importantes metas, como irme a vivir sola o terminar la facultad. Pero se cerró una etapa en mi vida y con ella, aquel blog. En su momento, dije que finalizaba un primer tomo. Hoy, decido emprender un segundo.

Y no elegí el momento por casualidad.

Durante estos años que estuve alejada del mundo de la blogósfera, pasaron muchas cosas importantes en mi vida: me casé, viajé bastante, profesionalmente me desarrollé  y reorienté mi carrera. Pero nada se compara con el hecho de haberme convertido en mamá. Primero llegó mi chiquita, Dani, que hoy ya se acerca a los 4 años. Y hace cosa de días, más exactamente una semana, nació Quiqui, mi segundo hijo.*

En estos años encontré en los blogs de maternidad un refugio, amistades, consejo, consuelo, más preguntas, todas cosas que hicieron más llevaderas mi vida como mamá primeriza, perfeccionista, insegura y ansiosa. Hasta ahora, no se me hubiera ocurrido que yo también podía tener mi propio blog. ¿Qué podía compartir como madre primeriza que otra bloguera no hubiera dicho mejor antes que yo?

Pero ahora tampoco soy una madre primeriza. Y esta maternidad me ha pegado por un lado muy distinto a la primera. Y dediqué muy poco tiempo de mi segundo embarazo a pensarlo, a soñar con mi bebé, a hablarle, a meditar. Y aún así, nació y nos conectamos enseguida. Entonces, me dieron ganas de registrar y de compartir estas experiencias como mami... reloaded.


*Comprenderán que los nombres de mis niños han sido levemente alterados para evitarles futuros dolores de cabeza y ahorrar en sesiones de sus respectivos psicoanalistas.