¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

sábado, 21 de enero de 2017

Largos (y hermosos) días de verano

Bellas playas de Colonia.
Verano en la ciudad con mis dos criaturitas. Claro, este año, entre una mudanza y un nuevo bebé, las cosas no estuvieron para irnos de viaje -y aún así, pudimos disfrutar de una escapadita en Colonia del Sacramento con los abuelos de los nenes, quienes nos ayudaron un montón. ¡Hasta pudimos salir solos una noche con papi reloaded!

¿Cómo venimos pasando estos días? Si no fuera por el calor porteño, que convierte la ciudad en un pantano, no tendría de qué quejarme: paso las mañanas trabajando como redactora y haciendo natación en la pileta del club de barrio (una de las resoluciones que me había puesto para este año), mucha tarde de plaza, muchos helados, visitas de amigos (nuestros y de Dani, que extraña bastante el jardín), paseos que no impliquen gastar mucho, noches de series y de algún chocolate compartido en pareja a escondidas de los chicos...
Las noches porteñas desde nuestro
departamento tienen su encanto.
Todos los días trato de dedicar un rato a jugar con Dani. En este momento, sus favoritos son los juegos de mesa, cada vez que vienen amigos míos a casa tienen que someterse a largas sesiones de Ludo, de Lotería de animales, de Oso Polo o del Juego de la Oca. Por suerte en estos días también incorporamos otra rutina: ¡las meriendas con sus muñecas! Tiene arranques de celos de su hermanito, pero no le pasan todo el tiempo. Le hace bien compartir ratos a solas con su papá o conmigo, como hace poquito cuando la llevé al cine con su mejor amigo.
A Quiqui lo veo crecer día a día y no deja de sorprenderme. Ya sonríe, estira hacia arriba sus piernitas e intenta darse vuelta. Hace poco descubrió sus manitos y se las chupa con voracidad. También está agarrando los juguetes que le dejamos cerca. Todas las tardes dejo que parte de sus siesta la duerma a upa mío, como hace cuatro veranos hacía con su hermana mayor (que ahora no duerme ni a palos). Y comencé a leerle cuentos. ¡Le encantan! 

Los hermanitos disfrutando juntos de una tarde en casa.
No todo es color de rosas: el gordo aprendió a gritar, y cada tanto se despacha con su repertorio de chillidos de velocirraptor. Tampoco duerme como solía hacerlo, al menos no todas las noches: se ve que estar despierto le resulta cada día más interesante.

Pero cuando algunas veces me siento cansada de la rutina, recuerdo que en unos meses estaré haciéndome un nudo para dejar al chiquito en el jardín maternal y retomar mi trabajo. Mientras tanto, agradezco cada día el que mi marido y yo seamos docentes y tengamos tantas semanas juntos para disfrutar de la familia que formamos. 

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