¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

viernes, 8 de diciembre de 2017

Cinco años: maternidad de madera

Malísimo el título, pero lo importante es destacar lo importante de esta fecha: hoy hace cinco años que me convertí en mamá. Hoy Dani vivió un día precioso junto a nosotros y sus abuelos y tía, sopló sus velitas, abrió preciosos paquetes y recibió muchísimos mensajes de familiares y amigos. Además aprovechamos la fecha para decorar la casa con adornos navideños. Y ahora espera con ansiedad, dentro de unos días, la fiesta prometida con todos sus compañeritos del jardín.
Pero esta vez quiero escribir sobre lo que para mí significa esta fecha. Desde hace cinco años, vivo los cumpleaños de mis hijos con más intensidad que cualquier otro día -ni qué decir de mis propios cumpleaños, que por ser algunos días más tarde que los de ella, pasan medio desapercibidos. Espero yo también estas fechas con entusiasmo, y verlos disfrutar a ellos representa todo para mí. Pero también es un día importante en lo personal, porque convertirme en mamá me cambió la vida para siempre, en todo sentido, y más profundamente de lo que me hubiera imaginado. 
No es fácil. A veces todavía puedo sentir un poco de nostalgia por mi vida anterior, extrañar las salidas en pareja y poder ver los estrenos en el cine, las largas juntadas con mis amigos sin mirar el reloj ni sentir que le estoy sacando horas al sueño... ay, el sueño, poder dormir algunas horas de corrido, despertarme después de las 6 y media de la mañana, especialmente si es feriado o domingo (Quiqui, gordo, te estoy hablando a vos). 
Cuando mi mamá me ofreció sacar esta foto frente
al "Monumento a la madre" le dije "yo
justamente no merezco ningún monumento..."
Peor aún, a veces siento que no puedo. Que mamá "no da más". Que no aguanto otro fin de semana en la guardia de la clínica porque el gordo cayó con algo que pescó en el jardín maternal. Que voy a prenderle fuego al auto si se rompe una vez más. Que en cualquier momento el cuerpo me dice "basta" y caigo comatosa durante un año y medio, para recuperar todo el sueño atrasado. Que no sirvo para esto, que lo hago todo mal.
Pero por suerte esta horrible sensación no dura. La mayor parte del tiempo siento que ser mamá es todo. Todo lo que hice bien en la vida. Toda mi huella, mi legado. Que el mundo es un lugar más lindo porque mis hijos están en él, y no solo para mí y para su papá: las muchas manifestaciones de afecto que mis chiquitos despiertan a diario, las amistades que Dani se supo ganar, la ternura que generan en quienes los conocen, me hacen saber que ellos dos alegran muchas vidas, no solamente las de sus padres. 
Y respecto al cansancio -que también está incrementado por la época del año, como nos pasa a todos- me doy cuenta de que mamá siempre tiene más para dar. Se me pueden agotar la paciencia, la energía, la imaginación, la escucha, la tolerancia... pero el amor, eso sí que no se agota. De eso sí siempre queda algo más para dar. Y del amor este tan incondicional que las mamás sentimos por nuestros hijos vuelven a resurgir, cual ave Fénix entre sus cenizas, la paciencia, la energía, la imaginación y todo lo demás. Porque nuestros hijos nos necesitan. Y porque nosotras también los necesitamos a ellos, los necesitamos felices y bien.

Dani, te doy las gracias por enseñarme día a día a ser mamá. Por ser mi compañerita. Por las gelatinas y las galletitas que cocinamos juntas. Por los cuentos, los besos y abrazos y las oraciones a la hora de irte a dormir. Por las carcajadas que le arrancás a tu hermano. Por tu picardía, tu inocencia y tu curiosidad.
Aunque hoy no sea tu cumpleaños, Quiqui, a vos también te doy las gracias por esta segunda oportunidad de aprender, de seguir aprendiendo. De ejercitar en esta etapa más que nunca la atención y la paciencia. Por tu brillo en la mirada, por tu cabecita apoyada en mi hombro cuando te abrazo, por escucharte decir "mamá" y buscarme con tus bracitos levantados hacia arriba.

Y perdón por las veces en las que les fallo, en las que no puedo, en las que no les devuelvo la sonrisa o no tengo paciencia para decirles las cosas de mejor manera. Prometo seguir aprendiendo junto a ustedes. Compréndanme: llevo solo cinco años en este oficio, me queda mucho por mejorar. 
Pero tengo todo mi futuro por delante para seguir haciéndolo. 

Soy, desde hace cinco años y para toda mi vida, mamá.

jueves, 9 de noviembre de 2017

¡Sus horas ya no siempre son las mías!

Fue una revelación repentina que tuve este mediodía, cuando me di cuenta de que, en 48 horas, mi hija tenía programa para almorzar en lo de una amiguita un día, con una de sus abuelas al día siguiente, quedarse a dormir esa misma noche con la otra abuela, y además un cumpleaños el sábado a la tarde. De repente las horas sin ella se me hicieron largas y la extrañé. No es la primera vez que Dani pasa una noche fuera de casa o hace una reunión de juegos, pero sí es la primera vez en que todos esos planes le vienen orquestados por otros, o los orquesta ella, y no soy yo la que hace malabares para conseguir que alguien "me la cuide" un rato, para conseguir algunas horitas libres. Tiene casi cinco años y cada vez tiene más vida social, más vida propia.
Esta misma semana, Dani fue con su sala de jardín a visitar el edificio de preescolar y de primaria, donde yo trabajo y donde ella asistirá el año que viene: "voy a visitar el cole de mamá", decía, hasta que yo le expliqué que ya no era solo el cole mío, que pronto iba a ser su cole. Por mi parte, procuré ni cruzármela por los pasillos, quiero que se apropie de ese espacio sin que yo interfiera. 
Con los amigos de su edad ya forman un mundo aparte.
El año que viene, en preescolar, va a haber varios mediodías como el de hoy, en el que ella no almuerce conmigo en casa sino que se quede en la escuela, con sus amigos. Y ya en primaria, cuando el doble turno sea cosa de todos los días, va a pasar cada vez menos horas en casa. Va a tener cada vez más planes de ella. Va a depender cada vez menos de mí y de su papá para divertirse, para pasar el tiempo, para aprender cosas nuevas...
Y acá estoy yo... De pronto se me vienen imágenes vertiginosas de un futuro no muy lejano, de Dani saliendo sola de la escuela, yendo a estudiar a casa de sus compañeros, haciendo sus propios planes para el fin de semana, pasando menos tiempo en casa y quizá viajando sola cuando vaya al secundario... ya sé que faltan años, pero no demasiados. Este lustro de maternidad que ya viví ahora me parece que se hubiera pasado volando.

Quiero que quede claro: me parece bien que esto pase. Está buenísimo que crezca. Y no tengo problemas en permitirle conquistar estos tiempos y estos espacios.
Pero también ¡me parece raro!
Y lo que me resulta raro es que me pasé buena parte de los primeros años con mi hija ansiando mis espacios, mis tiempos, buscando recuperar algunas horas libres para dedicarme a lo que me gustaba hacer a mí antes de ser mamá. Sentía que todas mis horas eran de ella y para ella. Y ahora, cuando de pronto tengo algunos ratos, ¡no sé muy bien qué hacer con ellos!
Es cierto, tengo al más chiquito, que por ahora me mantiene ocupada maternando, pero él también va a crecer. Me doy cuenta con asombro de que en cuatro o cinco años más, todas mis tardes serán como la de hoy. Ocupada escribiendo, corrigiendo trabajos de mis alumnos, viendo algo de televisión y descansando un rato, mientras espero que mis hijos vuelvan a casa para estar un rato con ellos. 
No es ninguna novedad, nos lo dicen todos, que hay que aprovechar cada ratito de la infancia de nuestros chicos, porque esta etapa se va para no volver. Hoy me doy cuenta con un poquito de nostalgia que Dani está cerrando la que fue su primera infancia. Que ya es una nena más grande y lo sabe. Y me hace saber que lo sabe: "mami, me parece más importante estar con mis amigos que con papá y con vos"... AUCH.
Nada, eso. Tengo que dejarla crecer y saber que su independencia es señal de que en estos cinco años supimos transmitirle confianza en sí misma y seguridad. Y para los momentos en los que me pica el bichito de la melancolía, como consuelo me queda escucharla decir, cuando planificamos sus salidas: "igual más tarde ustedes me vienen a buscar, ¿no?"

sábado, 28 de octubre de 2017

Querer darles lo mejor

Me lo dijo alguien que fue padre poco antes de que yo fuera madre: "vas a ver que cuando nazca tu hijo, vas a querer darle todo lo mejor". Lo dicen las publicidades de mayonesa, de leche de fórmula, de productos de limpieza. Es una de esas frases hechas que aparecen en los foros y en los libros sobre maternidad y que repetimos sin cuestionarnos demasiado si son ciertas o no.
No se asusten, no me voy a poner en rebelde y sostener que NO, que a los hijos NO hay que darles lo mejor, de lo mediocre es más que suficiente para que se vayan acostumbrando a este mundo de mierda difícil... Yo también creo que, como mamás, como papás, tenemos que intentar darles lo mejor de nosotros.

Lo que pasa es que:
1) No todos tenemos la misma idea de qué significa lo mejor. 
2) Lo que sabemos o pensamos que sería lo mejor a veces no es lo posible. 
3) Nuestros hijos pueden no estar de acuerdo con nuestro criterio.
y 4) Lo que a veces es, de verdad, lo mejor para nuestros hijos, no es lo mejor para nosotros. Y acá la maternidad y la paternidad pueden ponerse complicadas.

1) Empecé citando a ese papá conocido mío porque, justamente, muchas veces las ideas que él y yo podemos tener de crianza difieren de manera drástica. No me pasa solo con esta persona: ocurre con tantos otros padres y madres con los que uno se cruza en la vida, así como con otros podemos coincidir en mucho -y esto no implica que necesariamente tengamos razón. Las ideas que tenemos sobre qué necesitan nuestros hijos, cómo criarlos para el mundo, cómo hacerlos felices y cómo formarlos para que sean buenas personas no siempre coinciden, más allá de que todos estemos de acuerdo en el amor que sentimos hacia ellos. 
¡Obvio! Existen diferentes estilos de crianza y una puede identificarse más o menos con uno u otro. Hay distintas formas de manejar ciertas situaciones, desde la alimentación hasta los límites, pasando por los juguetes que elegimos (o no) comprar, la manera en la que festejamos los cumpleaños y la escuela en la que los inscribimos. Y yo que creía tener las cosas muy claras antes de ser mamá. Algunos criterios pude respetarlos con mis hijos; en otras cosas, la vida me dio vuelta como una media y terminé haciendo lo contrario de lo que hubiera pensado. Hoy de lo único que estoy segura es de que no existen recetas perfectas y universales que funcionen con todos los chicos ni para todas las familias.
Porque además, lo que te sirve para un hijo, puede que no te funcione con el siguiente. Ya expuse hace unas semanas que es imposible tratar a dos hijos por igual simplemente porque uno la segunda vuelta no es la misma persona que solía ser.
Esto en principio no tendría que ser un problema si hay respeto y aceptación de que se pueden tener diferentes criterios. ¿Qué pasa si mi mejor amiga solo alimenta a sus hijos con comida orgánica, y yo cada tanto a los míos les preparo panchos? No debería pasar nada. El problema surge cuando juzgamos a otros (a otras mamás, sobre todo) muy duramente. O nos juzgan. Otro problema mayor es cuando la persona con la que diferimos respecto a cómo criar mejor a nuestros hijos es... el otro progenitor.

2) Puede que todos estemos de acuerdo en que la lactancia materna es el alimento más saludable y completo para un bebé. Una mujer que ha tenido problemas para dar el pecho puede estar de acuerdo con esta afirmación, y para lo único que le sirve es para sentirse culpable por no "dar lo mejor". A mí me pasa con el tema del jardín maternal: entiendo que mi bebé de un año se enferma con mucha frecuencia, en gran medida, porque está muy expuesto a los virus de sus compañeritos -a quienes él mismo contagia, a su vez. Tal vez lo mejor no sea que los bebés vayan desde tan chiquitos a una guardería, sino que se queden en casa. Esa alternativa no la tuve ni la tengo. Entonces, acá se trata de aceptar que "lo mejor" se convierta en "lo mejor posible".

3) Acá se juega el tema de los límites. Por citar un ejemplo, puede que mi hija crea que lo mejor que le puede pasar esa tarde es pasarse 3 horas mirando Peppa Pig. Yo sé que lo mejor es limitarle la televisión y sacarla a dar una vuelta al aire libre. Y sé que también es bueno para ella crecer con límites claros. Pero antes de llegar a la plaza, puede que me ligue un llanto y un "mala mami" (después la pasa bárbaro en las hamacas, claro).
El problema es cuando los padres estamos tan cerrados en lo que creemos que nuestros hijos necesitan que no nos paramos a escucharlos y a estar atentos a las necesidades que ellos mismos nos están expresando. Puede que a veces creamos que trabajar muchas horas para tener más dinero y comprar esos pasajes para ir a Disney, para pagar la mejor prepaga o para comprarles zapatillas con luces sea darles lo mejor a nuestros hijos. Pero, ¿qué pasa con las horas, días, meses, que dejamos de sentarnos a jugar con ellos por estar demasiado obsesionados con el trabajo? ¿Qué pasa cuando vienen a mostrarnos un dibujo que hicieron, o a contarnos algo que les pasó en el colegio, y nosotros no les prestamos atención por estar con la cabeza en otra parte?

4) Durante siglos la maternidad se apoyó en el paradigma de la madre abnegada que se saca la comida de la boca con tal de alimentar a sus retoños. La maternidad y el sacrificio fueron usados como sinónimos. Hoy en día por suerte, feminismo mediante, nos animamos a cuestionar esta representación. Y sí, a veces las necesidades de nuestros hijos chocan con las nuestras. Se me ocurre un ejemplo chiquitito: mi hijo de un año se queda dormido -después de un largo rato de llanto- con la cabeza apoyada en mi brazo. Pesa mucho, la mano se me está durmiendo. ¿Saco el brazo, arriesgándome a que se despierte, justo ahora que está tan cómodo?
Volviendo al caso de la lactancia, hay mujeres que tienen leche, sí, pero que no se sienten cómodas amamantando. Que les duele, que les molesta. ¿De verdad es lo mejor para el bebé tener una mamá que le da el pecho angustiada, molesta, solo por culpa? ¿No es preferible alcanzar un equilibrio y tener una alimentación con fórmula pero en manos de personas que se sienten felices y a gusto con este método?
Otro ejemplo. Puede que lo mejor para mis hijos sea tenerme a la hora de dormir todas y cada una de las noches leyéndoles un cuento. La rutina es muy importante para los chicos, y así descansan mucho mejor. Pero alguna vez puede que yo decida salir a comer afuera con mi marido y los deje con otra persona (no pasa seguido, pero espero que cuando crezcan sea más frecuente).
Son estas situaciones que nos hacen cuestionar qué es realmente lo mejor. Por supuesto, no puedo sentirme bien si sé que mis hijos están mal: si mi bebé está con fiebre, no se me ocurre privilegiar mi necesidad de dormir en lugar de desvelarme poniéndole paños fríos en la frente. Si mi hija está llorando porque se peleó con un amiguito no me molesta interrumpir la lectura de una novela justo en la mejor parte. Pero cada vez estoy más convencida de que no puedo ser buena mamá si no estoy bien, primero, conmigo misma. Y esto necesariamente implica que a veces haya que hacer algunas concesiones.

Todos queremos lo mejor para nuestros hijos. Pero, ¿qué es lo mejor? Lo mejor, ¿es lo mejor posible? ¿Qué necesitan de verdad nuestros hijos y qué creen que necesitan? ¿Qué necesidades nuestras estamos dispuestos a dejar de lado, y cuáles en cambio son irrenunciables? ¿Verdad que no es fácil?

domingo, 15 de octubre de 2017

¿Cuándo dejan de ser bebés?

Esta semana que pasó, mi pequeño Quiqui cumplió un año. Sé que suena a frase hecha, pero no puedo dejar de escribirla: pasó volando. La ficha me cayó, cosa curiosa, cuando me apareció su foto de recién nacido entre mis recuerdos del Facebook. Estoy acostumbrada a ver fotos de Dani de bebé, pero que ya salga él, que todavía me parece tan novedoso, ¡eso fue una sorpresa!
En cualquier momento nos pide las llaves del auto.
Una página de maternidad a la que visito con frecuencia, Babycenter, esta semana dejó de designarlo como mi "bebé" y ya habla de "tu hijo de un año". Esto no es casualidad: en inglés a esta edad ya empiezan a designarlos con una palabra diferente, toddler, que se traduce a veces como "tentetieso" (horrible, lo sé). Quiqui está en esa edad en la que con pasitos tambaleantes, y todavía tomado de la mano o agarrándose de un mueble, comienza a explorar el mundo. Pero no me cabe duda de que sigue siendo un bebé. Toma la teta con voracidad, se despierta de noche, llora bastante cuando quiere decirnos algo, todavía no aprende a hablar...
¿Cuándo exactamente dejan de ser bebés? ¿Es este pasaje algo marcado por algún hito, como dejar los pañales? Dani los dejó bastante grande, casi a los tres. Por entonces ya hablaba muy claramente, no usaba más chupete, comía las mismas comidas que nosotros, iba al jardín y algunas veces se había quedado a dormir en lo de la abuela. Claramente dejó de ser bebé antes. Lo que no sé es cuándo.
Tenía dos años: su pelo largo dice "nena" pero
sus cachetes morfables siguen siendo de bebé...
Mi propia mamá me cuenta que yo al año ya hablaba. Que la gente se quedaba mirándome asombrada porque por mi cabecita pelada todavía parecía muy chiquita, pero de pronto me escuchaban parlotear y tenían enfrente a una enana de edad indescifrable. No es el caso de Quiqui, peladito y con balbuceos bien de bebé.
Hay madres que no quieren que sus hijos menores dejen esta edad nunca, porque les da nostalgia. No es mi caso. Adoro a los bebés, pero los nenes chiquitos también me parecen adorables, y son un poco más fáciles. Mi relación con Dani mejoró drásticamente cuando ella aprendió a decirme lo que le pasaba. Y si bien disfruté más de este primer año en mi segunda maternidad, una parte mía dice "ya está, ya fue suficiente". Visité una exposición el otro día donde vendían una inmensa cantidad de merchandising para mamás y bebés, y me di cuenta de que Quiqui y yo ya no somos público. De que no necesitamos ni un nuevo cochecito, ni sillas especiales, ni muebles pequeños, que mucha de la ropa de bebé ya no viene en talles para mi chiquito tamaño jumbo, que sé que muchos de esos productos para la maternidad son inútiles y no facilitan nada. O son muy bonitos, pero prescindibles. O son muy necesarios en los primeros meses, pero esa etapa ya la pasamos. Y no creo que me toque volver a pasarla.
Ser mamá de estos dos bebés me marcó definitivamente. Es una etapa que, no aún, pero pronto, va a cerrarse. No importa. Lo viví, me lo llevo puesto.
Y lo más importante: sigo siendo mamá. Lo seré toda la vida.

sábado, 7 de octubre de 2017

Instrucciones para dormir al bebé

Con mis alumnos de 7º grado estamos leyendo fragmentos de Historias de Cronopios y de Famas, entre ellos el famoso manual de instrucciones que propone Cortázar. No es la primera vez que juego a emular a este escritor. Me divertí mucho acompañando a los chicos en clase y escribiendo yo también un texto de este estilo. Con una sonrisa y sin más pretensiones lo comparto con ustedes:

Es sabido por todos que los bebés duermen excelentemente bien en cualquier momento y lugar. Con la obvia salvedad de las horas de la noche y su propia cuna. Entonces, para persuadirlo, usted deberá emplear toda su astucia e inteligencia -que nunca serán mayores a las de ese enano maquiavélico que lo contempla a medianoche con los ojitos abiertos de par en par y una sonrisa aún desdentada.
Para dormir a su bebé, comience por ponerle un pañal limpio -que, indefectiblemente, se mojará y se filtrará despertando al infante en algún momento entre las 2:30 y las 5 de la madrugada, más allá de la bonita publicidad que asegura "noches de sueño de hasta 12 horas". Cuando termine de abrochar el pañal (cosa que requiere mínimo tres intentos) procure introducir al niño en una de esas condenadas prendas de vestir diseñadas para inducir el sueño, vulgarmente conocidas como "piyamita" y que solo consigue producir en el bebé un ataque de cosquillas en el mejor de los casos, y un brote severo de urticaria en el peor.
Con la luz apagada, proceda a alimentar al bebé, bien con su propio pecho -para lo cual usted debería a este punto ser mujer, preferentemente una madre o una nodriza-, bien con ese sustituto materno de material plástico conocido como mamadera, no confundir con un chupete pues es vox populi que este último "entretiene pero no alimenta".
El bebé satisfecho debería estar al menos adormilado. Momento en el cual usted aprovechará para colocarlo suavemente en la cuna, y salir con cuidado de la habitación. Por "cuidado" nos referimos que emule la manera en la que el mejor agente del escuadrón antibombas del FBI desactivaría un paquete sospechoso escrito con caracteres árabes. A este punto usted podría caer en la ingenuidad de creer cumplida la misión de dormir al niño, pero pronto esta tonta creencia será desmentida por un berrido de marrano procedente del otro lado de la puerta del cuarto. Prueba indefectible de que el chico se despertó, o de que nos estuvo tomando el pelo.
No lo deje llorar a no ser que quiera hacerse responsable por un severo trauma emocional en el futuro del niño. Tómelo en brazos, cántele, consuélelo, colóquelo una vez más en la cuna y vuelva a salir. Cuando lo escuche llorar otra vez, repita este procedimiento. Así, hasta que el bebé caiga rendido -o usted, lo que ocurra primero.

martes, 26 de septiembre de 2017

A los hijos no se los trata igual

Este mediodía, conversando con la abuela paterna de mis hijos opinábamos sobre detalles de la fiesta de cumpleaños de Quiqui, que ya se viene. Mi suegra insistía en que tengo que preparar un souvenir igual al que hice para el primer año de Dani. "Si ella lo tuvo, él también tiene que tener su recuerdo. A los dos tenés que darles lo mismo". Tal vez en esto tenga razón, no me cuesta nada preparar un imán conmemorativo del primer año de Quiqui, como en su momento hice el de Dani. Ponele que lo haga, siquiera para dejarla contenta a la abuela, que tanto nos ayuda con la fiestita.

Pero de cualquier manera, me quedé pensando y llegué a una conclusión, que va más allá de la fiesta de cumpleaños.
Los dos son mis hijos, pero creo que ellos no tienen
exactamente la misma mamá... (suena la música de Twilight Zone)
Es esta: no es posible darles lo mismo al primero que al segundo hijo. No podemos ofrecerles la misma vida. No sé bien qué ocurrirá en el caso de los padres de mellizos, pero cuando hay un hijo mayor y otro menor, es imposible sortear el factor tiempo.

Por más que lo intentemos, por más que nos esforcemos por ser justos, por más que los amemos a los dos por igual (que es otra frase que suena a verdad absoluta hasta que descubrimos que en realidad es una pelotudez ingenuidad, el amor no siempre se siente con la misma intensidad, que puede ser que uno no tenga un hijo favorito, pero sí momentos favoritos con cada hijo).
Sencillamente, no somos la misma persona con uno que con el otro. No soy la misma como mamá de Quiqui que la que fui como mamá de Dani. Esto no necesariamente es algo malo. Pero sí es ineludiblemente verdadero.

Pasábamos largos ratos jugando
(incluso cuando yo no tenía ganas...)
Con Dani tuve dedicación absoluta. Estaba pendiente de sus logros, de sus expresiones faciales, de sus gestos, de sus necesidades (o de lo que yo interpretaba como necesidades) casi a cada instante. Me preocupaba por estimularla, porque se desarrollara bien como solamente podía hacerlo con el sostén de una madre presente y dedicada (¿autoexigente, yoooo?). Hicimos taller de masaje shantala y asistimos a grupos de crianza. Con todo, no logré disfrutar demasiado de mi primera maternidad, aunque creo que, dentro de todo, ella sí disfrutó de su primera infancia. Me sentía desbordada por la responsabilidad y la sensación de que los días no se pasaban más. 

Con Quiqui desde el primer momento supe que todo pasa. Incluso ahora, que me pesan las noches mal dormidas (se acabaron los primeros meses donde descansaba y dejaba descansar). Sé que en algún momento va a crecer, a madurar y a dormir de corrido. Intento no preocuparme, salvo aquellos días en los que el sueño acumulado se convierte en una vincha de hierro sobre mi cabeza. De cualquier manera, me sorprende lo rápido que se pasó su primer año, que lo cumple en dos semanas. No me quedó más remedio que mandarlo al jardín maternal desde los 5 meses, y poco a poco fui sintiendo menos culpa por eso. A veces puedo pasar (al menos, a ojos de madres de hijos únicos) como una descuidada que lo deja gatear en arena mojada, puede estar una noche sin llamar al pediatra frente a la fiebre, lo observa trepar al sillón del living sin miedo a que se rompa la cabeza, o con un poquito de miedo, pero un mucho de resignación.
Dormir la siesta: uno de nuestros (escasos)
momentos de exclusividad.
Dani se acostumbró desde chiquita a escucharme cantar y a que le leyéramos toda clase de cuentos. Las pocas veces que intenté leerle al gordo, me di por vencida en cuanto empezó a chupetear los libros. Quiqui tampoco tiene una mamá que pase horas del día jugando con él. Pero tampoco padece una madre deprimida y se ha ligado muchos, muchísimos menos retos y desbordes. Pasó más días enfermo en su primer año que Dani en sus primeros tres años. Pero duerme parte de las noches en cama de mamá y papá, cuando con su hermana mayor no nos permitimos el colecho por miedo a que "se acostumbrara". Quiqui pasa menos tiempo a upa porque siempre estoy más ocupada. Pero disfrutó del porteo en fular durante sus primeros meses.

¿Soy mejor madre de Quiqui que lo que lo fui de Dani cuando ella era bebé? ¿Soy peor? Creería que disfruto también más de mi hija mayor ahora, que ya no tiene mi mirada constante. A veces siento que soy mejor como madre de nena que de bebé. No sé. De lo que estoy segura es que soy distinta ahora que antes. A Dani y a Quiqui les tocan vivencias diferentes. En todo caso, si bien no me cabe duda de que ambos necesitarán terapia algún día, creo que será por distintos motivos ☺

Puede que Dani crezca con mucha presión por haberle puesto en su momento un exceso de atención, o que sufra por haberla perdido. Y puede que Quiqui no tenga la atención absoluta de sus padres casi nunca. Que se pegue algún golpe más en la frente -que parece un mapa. Que llore y proteste airado cuando lo dejamos un minuto en la cuna para hacer la comida, o ¡para ir al baño! Pero tiene un premio: una hermana mayor hermosa, que juega con él, lo llena de mimos, lo hace reír y hasta ayuda a cuidarlo de a ratos. Si eso no suma puntos para que su infancia también sea feliz, ¿entonces qué?

"¡Qué susto! Menos mal que voy
con mi hermana mayor..."

miércoles, 16 de agosto de 2017

Ciertas frases también son violencia obstétrica

Es una de las formas más sutiles (pero crueles) de violencia de género. Y de las más cobardes también: la violencia hacia la mujer en su estado más vulnerable, cuando está a punto de parir a su bebé. El maltrato físico y/o verbal, la intimidación, la amenaza, el sometimiento, la presión para que acepte tal o cual procedimiento médico... Pasa tanto en los hospitales públicos como en las clínicas privadas más exclusivas. No debería existir, pero es bien real, y solo hace poco tiempo se comenzó a hablar al respecto. 
Bastante difícil la tenés durante tu trabajo de parto: al dolor intenso que experimentás durante las contracciones se suman la ansiedad por conocer a tu bebé y saber que está bien, los miedos propios a convertirte en madre y el cansancio y la fatiga por el gran esfuerzo físico que estás realizando, que es como correr una maratón o un poco más. Lo que menos necesitas es que el médico de turno te critique, te añada más temores o te haga sentir mal con vos misma.
Como muestra basta un botón. Acá van cinco comentarios que ningún obstetra debería pronunciar cerca de una parturienta en esos momentos:

“No grites” o la versión extrema "Pero callate la boca que me vas a dejar sorda, ¿querés?"
Parir es un momento que nos conecta con nuestro lado más instintivo y animal. Algunas mujeres controlan el dolor por determinadas técnicas de respiración, o con el Ommm de yoga, o cantando "Des-pa-cito", qué sé yo. Pero si lo que te nace de lo más hondo es aullar como una loba a la luna llena, deberías poder hacerlo con libertad: ni el médico ni nadie debería desconectarte de tus instintos más primarios.

“Ah, ¿Así que ahora te quejas?” o la versión extrema "Bien que cuando lo hiciste te encantó"
Creo que si llego a escuchar esto tienen que atarme a la camilla solo para que no le parta la cara de una trompada al desubicado/a (sí, porque parece que también lo dicen las mujeres). Estas frases soeces e irónicas que buscan contraponer el parto con el placer sexual forman parte de la violencia obstétrica machista más recalcitrante. Es cierto que las relaciones sexuales son gozosas y que parir es doloroso, y una cosa no tiene nada que ver con la otra. Este tipo de comentarios sexistas implican, por un lado, que únicamente llegamos a ser madres por “dejarnos llevar” durante el sexo y, por otro lado, que debemos ser bastante pelotudas tontas si no sabíamos que parir iba a dolernos.

“Tengo que aplicarte goteo”
O que hacerte una episiotomía. O una maniobra de Hamilton. O inyectarte la peridural. A no ser que la vida del bebé o la nuestra estén en riesgo, en un parto normal el médico no puede imponer ninguno de estos procedimientos sin explicarnos en qué consisten, cuáles son sus posibles riesgos y pedir nuestra autorización. Bueno, en teoría. En la práctica, creo que prácticamente todas somos víctimas de esa violencia. Ni siquiera la vivimos como violencia: yo no recuerdo que me hayan siquiera informado de que en mi primer parto me harían una episiotomía.


“No estás dilatando, te toca cesárea”
Frase típica de los médicos apurados por terminar su turno e irse a casa. La dilatación es un proceso que puede llevar muchas horas, y que no puede ser acelerada a voluntad. No hay por qué apurar el parto si tanto el bebé como la madre no corren riesgos. ¿Y para qué están, a fin de cuentas, los dichosos monitoreos? Para empeorarlo todo, el estrés al que nos someten este tipo de frases hace que, efectivamente, muchos de estos partos terminen en cesáreas que no hubieran sido necesarias.
En mi caso sí escuché una frase que otras mamás vinculan con la violencia obstétrica: "Si no sale por la puerta, tiene que salir por la ventana". Tal vez a mí no me afectó porque primero la partera -amorosa- que me tocó con Quiqui se encargó de explicarme los motivos (presencia de meconio en el líquido, y posible sufrimiento fetal). Me dijo que tal vez no hiciera falta si el parto se desencadenaba, pero que no podíamos darnos el lujo de esperarlo indefinidamente. Y por suerte, mi dilatación fue rápida y el expulsivo ni les cuento.

“Hacé lo que te digo o va a sufrirlo el bebé” y su versión extrema "¿Qué querés, terminar como Juanita Viale?" (1)
Pareciera ser que cuando una madre osa defender sus derechos a recibir un trato humanizado durante  el parto, uno de los recursos de los malos médicos es, lisa y llanamente, la amenaza. Amenazar con que algo malo va a ocurrirle al bebé si no nos quedamos calladitas y aceptamos sin chistar que nos apliquen oxitocina, que nos pongan un enema, que nos dejen acostadas con las patas atadas cuando todo lo que queremos es caminar o que nos hagan una cesárea. Este es uno de los peores maltratos psicológicos que puede sufrir una mujer. Y no deberíamos dejarlo pasar.

En mis partos puedo decir que fui afortunada y que sufrí poca -sino ninguna- violencia de este tipo. Sí me hubiera gustado recibir más información, o tal vez me la dieron, pero estaba tan ida por el dolor que no me acuerdo de nada. En la memoria guardo una sola frase de la médica que llevó mi embarazo que me dolió bastante en su momento: "No va a nacer por ahora, ese cuello [uterino] está horrible". Así, horrible. No "un poco cerrado", no "todavía muy firme", no "sin muestras de dilatación". Horrible. Así me sentí cuando la escuché. ¿Tengo razón? ¿O será que los embarazos nos ponen hipersensibles?


(1) Quienes leen el blog desde fuera de Argentina tal vez no conozcan este trágico caso de una actriz argentina que en 2011 intentaba tener un parto domiciliario, pero se le complicó y terminó dando a luz por cesárea a un bebito sin vida.

jueves, 3 de agosto de 2017

"Pero... ¿todavía das la teta???"


No solo comida: también son
la mejor almohada.
"¿Hasta cuándo va a tomar la teta ese chico?". No, todavía no me lo dice nadie (no a la cara, por lo menos). Mi bebé de nueve meses todavía es plenamente un bebé, nadie cuestiona que parte de su alimentación provenga de mis pechos. Sin embargo, sé que a muchas personas les choca más ver a niñitos de un año y medio, dos, tres o más prendidos a la teta de su mamá. Como si no fuera parte de la naturaleza, ¿no? Yo misma reconozco haber murmurado en más de una oportunidad: "peeero, si ya está grande, mejor comprale un helado...".
Hoy en día llevo muchas lecturas sobre lactancia como para saber que la opción de prolongarla hasta que el propio niñito lo decida es válida y saludable. Hasta la OMS dice que la lactancia materna debería prolongarse por dos o más años. Sin embargo, también sé que esa opción no es para mí. De a poquito, muy de a poquito, mucho más de a poquito que con mi primera bebita, estoy empezando a contemplar la posibilidad del destete. Todavía falta. Pero no tanto.
En el caso de Dani, ella tomó teta exclusiva solo hasta los dos meses. Me ponía muy ansiosa el hecho de que cada algunas semanas variara la producción, que ella pareciera quedarse con hambre. Recién en mi segunda maternidad aprendí de las crisis normales de crecimiento y no me desesperé más. Con mi primera hija, el pediatra me sugirió agregar un complemento para tranquilizarme a mí, no porque a Dani le hiciera falta. Y fue la mejor decisión, por más que me lo puedan criticar algunas fundamentalistas teteras: el hecho de saber que ya no dependía de mí al 100% fue lo que me permitió relajarme, continuar y entonces sí, disfrutar de dar el pecho. Dani pudo seguir tomando incluso cuando volví a trabajar, y así siguió -intercalando con mamadera y, desde los 6 meses, con comida- hasta unos días antes de su primer cumpleaños, cuando ella solita decidió que ya no iba más. Debe haber coincidido con estar cortando algún dientito, pero yo aproveché y dije "listo, ¿no querés? Ya está". Y así tuvimos nuestro destete, mutuo, del cual salimos super unidas y sin ningún tipo de trauma.
Tenía más pelo a las 9 horas que a los
9 meses, ahora que lo veo...
Con Quiqui la lactancia fue desde el principio muy fácil. Bueno, sí, hubo dolores y algún pezón agrietado los primeros días, pero sabiendo que se pasaba rápido no me importaron demasiado. Gracias a la pediatra que tenemos ahora me dejé llevar por la recomendación de dar el pecho a demanda, sin mirar el reloj, y pudimos entablar un ritmo enseguida. Y el gordo no necesitó ni una gota de leche de fórmula hasta los cinco meses, cuando empezó el jardín y no tuve ganas de estar peleándome con el exprimidor de teta sacaleche.
Quiqui ahora come lo que le dan, se sienta a la mesa con nosotros y hace payasadas con su hermanita mayor, disfruta desayunando tostadas con queso crema y comiendo trocitos de fruta con la mano. Prueba desde arándanos hasta panqueques de arveja, y si todavía no comió pescado es porque estoy vaga para cocinarlo. Aún así, la teta es LO MÁS para él. Me doy cuenta por su desesperación cuando vuelvo a encontrarlo después de que pase la mañana en el jardín maternal: es como si se saciara de mamá, de brazos, de amor, aunque no venga con hambre. 
También es un excelente recurso para dormirlo... o lo era, hasta hace un tiempito. En las últimas semanas lo vengo notando más alerta, no se relaja con tanta facilidad tomando el pecho. A veces, incluso de madrugada, toma un rato y después listo, no quiere más leche y ¡a jugar! Siento que está agotándose de a poco la magia. Últimamente, los superpoderes para dormir a Quiqui los tiene papá.
Por esto, porque está más grande, porque sueño con volver a dormir una noche de corrido de vez en cuando, porque me encantaría poder dejárselo por unas horas a los abuelos y salir al cine con mi marido, es que vengo pensando en que de acá a un tiempo iré destetándolo. Creo en un destete respetuoso, pero no eterno. Y así como la lactancia es fabulosa para el bebé porque tiene diez quintillones de beneficios, también estoy plenamente convencida de que ninguna mujer tiene que sentirse culpable por criar a su bebé con mamadera, ni mucho menos verse obligada a dar la teta si no quiere hacerlo. Tampoco yo.
Por ahora sigo queriéndolo. Por un tiempo más. A disfrutarlo mientras tanto, entonces.

¿Y ustedes, mamás? ¿Dan / dieron la teta? ¿Durante cuánto tiempo?

domingo, 30 de julio de 2017

Mis no-vacaciones como mamá

Hasta hace unos años, para mí las vacaciones significaban, ante todo, no tener que cumplir horarios: poder dormir hasta la hora que quería, salir hasta tarde o quedarme leyendo hasta que me vencía el sueño, hacer una maratón de series con mi pareja, salir a comer afuera, ir al cine, ni pensar en las responsabilidades... si había que hacer algo en la casa (pongamos, un arreglo de plomería) decíamos "no, esta semana no, que estamos de vacaciones, mejor la semana que viene...". A veces, hasta me aburría de estar sin hacer nada y adelantaba trabajo (!) para mi regreso. En fin, las vacaciones eran el momento de no tener que afrontar responsabilidades.

Y, claro, me convertí en mamá.
Y, claro, aprendí que las mamás no tenemos vacaciones. No, por lo menos, de ser madres.

Ellos sí descansaron (a veces).
Este año, por primera vez con dos hijitos en casa las 24 horas, me di cuenta de que hasta trabajé más que yendo al colegio. Las vacaciones no se sintieron como mías, sino de mis hijos. Los paseos que armamos los pensamos en función a ellos, a sus edades e intereses. Y, bueno, no faltó la enfermedad de turno (Quiqui repitió la bronquiolitis). ¿Dormir? Solo de a ratos, entre nebulizaciones, baños para bajar la fiebre y toses. Y todo se complicó porque nos quedamos sin el auto, que nos dejó a pata por primera vez en estos años. ¿Conclusión? No me alcanzaban las horas del día -ni de la noche- para maternar. 

Pero, a diferencia de lo que hubiera pensado si alguien me lo contaba antes de tener hijos, no fue algo malo. Es una etapa diferente. Se la puede disfrutar siempre y cuando uno no espere que sea algo que no es. Si mis expectativas hubieran estado puestas en largas noches durmiendo, en salidas a solas con mi pareja, en paseos en auto sin horario determinado (¡o fecha!) de regreso... bueno, lo cierto es que estas "no vacaciones" hubieran sido sumamente frustrantes.
Por cierto, los días de lluvia y de frío que me los pasé encerrada en casa cuidando al enano, sabiendo que medio aguinaldo se nos iba en arreglar al auto que tanta falta nos hubiera hecho justo ahora, sin salir más que para hacer las compras... bueno, digamos que extrañé el "descanso" de ir a trabajar y, al menos, cruzar cuatro palabras con otros adultos. Nos quedamos con las ganas de hacer una breve escapada y de disfrutar de más días al aire libre. Lo bueno es que Quiqui se repuso bastante rápido.
En cambio, estas son algunas de las cosas que nos propusimos hacer y que sí pudimos cumplir:

Descubriendo dinosaurios con sus primos.
- Hacer lindos paseos con los chicos: un museo de ciencias naturales, la Feria del Libro, ir a comer afuera los cuatro, cine, mucha plaza y calesita cuando el tiempo y los virus nos lo permitieron... Dani también tuvo un cumpleaños y una invitación a jugar para no extrañar tanto a los amiguitos del jardín.
¡Nada tan divertido
como cocinar juntas!
- Pasar tiempo en casa: Tanto el papá como yo acordamos en que no queríamos que 14 días de vacaciones se transformaran en 14 planes. No hay plata ni cuerpo que aguante. Creemos que estar en casa, jugar, cocinar juntos y hasta aburrirse un poco forman parte de las necesidades de los chicos de 4 años, como Dani. Y cumplimos. En ese sentido, la enfermedad de Quiqui no nos dejó mucha alternativa -aunque por suerte fueron solo algunos días. ¿Y saben qué? A Dani casi no la vi aburrirse: sí la vi dibujar, hacer collages, inventar juegos, ver películas, cocinar galletitas, disfrazarse y bailar.
Una tarde con la abuela
se convierte en un paseo más.
- La importancia de la familia extendida: Algunos días el plan simplemente consistió en visitar a alguno de todos sus abuelos. Dani se quedó a dormir una noche con mi mamá y no sé cuál de las dos lo pasó mejor. También vinieron a visitarnos su tía y su madrina. ¡Solamente el ver una cara querida diferente a la de mamá o papá a ella ya le hace una tarde!
Ver a mis amigos: Pude disfrutar de algunos ratos compartidos con amigos, y también Javi. Por ahí todavía no logramos disfrutar de los encuentros en grupo, pero cada uno tuvo sus espacios y momentos gracias a la ayuda del otro.
- Arreglar la casa: En este momento, cambiar el sillón del living por uno nuevo, o reorganizar el cuarto de los chicos para que tengan más lugar para jugar, no es algo que sea vivido como una tarea u obligación, sino como una inversión en vivir un poquito más cómodos. Así que esto fue un proyecto que nos pusimos para las vacaciones, y que también pudimos cumplir. Las vacaciones se van, la casa arregladita se queda.

Hermosos.
Pero, por sobre todas las cosas, procuré empaparme de estos momentos con nuestros hijos chiquitos. Si ya de a ratos Dani quería estar con sus amigos, no puedo dejar de pensar que de acá a unos años va a haber que sobornarlos para que acepten pasar algunos ratos con nosotros. Por ahora, Papi Reloaded y esta que escribe somos sus ídolos incondicionales, dependen de nosotros para todo y aunque de a ratos esto sea agobiante, también es halagador.

Mañana vuelvo al trabajo. También mi marido. Mañana, Dani y Quiqui vuelven a sus respectivos jardines de infantes. Las no-vacaciones se terminan. ¿Descansé? No sé si es la palabra correcta. ¿Disfruté? Creo que sí. Bastante. Todo lo que pude. Pienso que ver disfrutar a mis hijos, compartir con ellos estos momentos y pasar ratos de a cuatro en casa tal vez sea todo lo que necesitaba para recargar las pilas y empezar bien esta segunda mitad del año.

jueves, 20 de julio de 2017

Con una ayudita de mis amigos

"¿Nunca un post sobre tus amigxs?"la pregunta vino de parte de Lucas, padrino de Quiqui, a quien más que un amigo considero un hermano que me dio la vida. "Porque el mío es un blog de maternidad", le contesto. "Ah, o sea que para vos la maternidad es algo totalmente escindido de la amistad!", me tira. Me quedo pensando. 
La verdad es que sí, le digo. 
Me digo. 
Tiene razón, aunque es una verdad que me resulta por lo demás incómoda.

Lo cierto es que para mí, los amigos siempre fueron muy importantes. Tanto como la familia. Y, desde que soy mamá, paso muchísimo tiempo menos con ellos. A algunos los dejé de ver del todo. A otros los veo, pero con menos frecuencia. Y con la inmensa mayoría, siento que no me sale compartir gran parte de mi vida, que pasa por ser mamá y por criar a Dani y a Quiqui. Así como con mis hijos tampoco comparto (todavía) cosas como mi gusto por determinadas series, mi pasión por la lectura o mis juegos de rol, muchas veces siento que mi mundo de mamá es algo que puedo compartir poco y nada con mis amistades.

En realidad, habría que aclarar. Una cosa es mi relación con mis amigas mamás, otra cosa con mis mamás amigas (no, no son lo mismo) y otra muy distinta, la amistad con mis amigos sin hijos (que, por esas cosas de la vida, son amplia mayoría).
Mis amigas mamás son dos, son las únicas de mi círculo de amistades que también tienen hijos de edades similares a los míos. Las adoro, podemos hablar de todos nuestros avatares como madres. Muchas veces reunirnos nos sirve como catarsis, para sentir que estamos menos solas, que a todas nos pasa lo mismo. Una de ellas vive muy lejos y no nos vemos tan seguido. Ella es quien cree que "los amigos sin hijos se pudren de nosotras, nos volvemos monotemáticas y aburridas". A esta altura creo que tiene razón. La otra vive cerca y es una de las personas con quien más me siento acompañada en el oficio de ser mamá.
Mis mamás amigas son esas mujeres que conocí ya siendo madre, son compañeras de trabajo o mamás de compañeritos de Dani con quienes me llevo muy bien y puedo socializar -hijos de por medio. Puede que en un futuro las considere amigas a secas, así nomás. El tiempo lo dirá. 
Y además, están todos mis otros amigos, los que no tienen hijos, a los que sigo adorando como siempre. Adoro compartir ratos con ellos cuando mi marido puede quedarse un poco con los chicos, me encanta que vengan a casa aunque Dani acapare la atención y pretenda someterlos a todos a largas sesiones de juegos de la oca o lotería de animales. A ellos es a quienes más extraño, en cantidad de tiempo que compartíamos y en el que compartimos en la actualidad.

Ojo, de ninguna manera responsabilizo de esto a mis amigos. Todos ellos son muy cariñosos con mis hijos, siempre están dispuestos a adaptarse a mis horarios, que son muy diferentes a los de ellos (y a los que yo solía tener), se interesan por mis cosas y las de los chicos. No por no tener hijos son "antiniños" (que en otros círculos de amigos sé que los hay), y si alguno lo fuera, lo disimula muy bien. Simplemente, no puedo evitar, al estar con ellos, retrotraerme a mi "antigua yo", dejar un poco de lado a la mamá.
Lo que, en realidad, ¡es bastante saludable! Desde que me convertí en mamá, y más aún desde que soy mamá por partida doble, siento que la maternidad arrasó en mi vida como si se tratara de un huracán, que se lleva puesto todo y que deja las cosas patas para arriba. No veo que a ninguno de mis amigos le moleste eso de mí, pero sí reconozco que no sé muy bien cómo explicarles que no me siento la misma persona, que me siento cambiada, transformada... ¿Ejemplo? A mi hijita la pongo en el celular para que les grabe un audio hermoso a sus compañeritos de jardín expresando cariño y dulzura. A mis amigos les sigo mandando otro tipo de mensajes.
Como este.























El tema es que, finalmente, conversar con mis amigos, juntarme a jugar rol o a ir al cine, hasta tomar unos mates en casa mientras mis hijos revolotean alrededor y yo pretendo hacer de cuenta que no me roban la atención... en este momento me parecen "escapadas" de mi ser como madre. Siento como si, por un ratito, pudiera ser simplemente Mariana, como antes. Visitar mi antigua vida, cosa que a veces me produce muchísima nostalgia. Y por eso, supongo, me da un poco de culpa: culpa por extrañar cómo era mi vida sin mis hijos, culpa por quitarles algo de mi tiempo y de mi energía.
Hablando de energía, ¡tengo poca! Y sé que la amistad no puede cargarse sobre un solo costado: no puedo someter a mis amigos a largas sesiones de quejas (eh, para eso están los blogs, guiño guiño). Y reconozco que tengo menos disposición para escuchar y para acompañar. Solo lo que mis hijos me dejan de sobra, que no es demasiado.
También me veo menos por la razón de que muchas de las amistades son compartidas con mi marido. Nos encantaba salir de a 4 o de a 6 con otras parejas. Y ahora, por una vez que conseguimos dejar a los chicos con alguien (habrán sido unas... ¿dos veces en el último año?) privilegiamos salir solos.
La lotería de animales NO ES NEGOCIABLE.
Sé que también nos vemos menos con nuestros amigos a los 35 que a los 20 por las responsabilidades propias de la vida de cada uno -los hijos, principalmente, en mi caso, pero también mi escritura, sus carreras académicas, nuestros respectivos trabajos, nuestras parejas, nuestras familias de origen a quienes a veces ahora toca cuidar... Sé que son muy pocos aquellos de mis amigos que siguen saliendo hasta las 3 o 4 de la mañana los fines de semana, que la edad nos afecta a todos. Y no es que me gustaría volver a esa vida permanentemente... aunque sí de vez en cuando. Y no puedo: ahora soy con mis hijos. No hay vuelta atrás.
Entonces, ahí está: la escisión entre "Mariana mamá" y "Mariana, a secas" la que ellos conocen. Al menos, para mí, la maternidad y la amistad no resultan tan sencillas de compatibilizar cuando siento que necesariamente una le roba momentos y espacios a la otra.

¿Será permanente esta sensación de estar partida al medio? ¿O será algo propio de las que tenemos hijos chiquitos, a los que cuesta dejar al cuidado de otras personas, y todo volverá a acomodarse dentro de unos años?
Quiero pensar que, cuando el "huracán maternidad" se convierta en una lluvia apacible de primavera, mis amigos seguirán allí, en algún lado, esperándome para volver a pasar juntos largas tardes sin que yo esté pendiente del reloj, para ir al cine sin ponerse de acuerdo 17 fines de semana antes, para compartir unos mates y charlar sobre la actualidad del país, nuestro propósito en la vida y, obviamente, sobre los últimos capítulos de Game of Thrones...

domingo, 9 de julio de 2017

Tus segundos 9 meses

Cuando mi bebé cumplió su primer mes, me alegré de que ya no calificara como "recién nacido", de que si le hubiera subido fiebre por cualquier cosa ya no se hubiera ligado una internación. Cuando cumplió los 6 meses, me puso contenta que ya pudiera comer y que tuviera medio año (a Dani hasta le hicimos una pequeña fiestita, pero con Quiqui no se dio, es el segundo, bueh). 
Y mañana, mi chiquito cumple 9 meses. Me parece un número importante: significa que ya vivió tanto tiempo fuera de mi panza como dentro de ella. 
Acá tenía solo 4 días
y sonreía dormido.
Laura Gutman, una autora con la que me peleo bastante, dice que puede considerarse este tiempo como una "gestación extrauterina": "Recién a los nueve meses de edad [el bebé] tiene un desarrollo similar al de otros mamíferos a pocos días de haber nacido"(1). Hasta ese momento, dice, lo que hay entre el bebé y su mamá es una fusión. El bebé debería estar a upa de su mamá prácticamente todo el día: dormir con ella, ser alimentado a demanda, que se le hable, se lo mire exclusivamente...
Reconozco que con Quiqui no pude estar tanto o tan exclusivamente como yo hubiera querido. Tuvo que comenzar el jardín maternal a los 5 meses y desde que nació, comparte mi atención con su hermanita mayor, que por estos días está más celosa que cuando el gordo nació. Pero sí soy una mamá bastante apegada, y creo que en cierto sentido Quiqui viene siendo un privilegiado: esta segunda vez, con él, no me cuestioné dar la teta a demanda, colechar en algunas -varias- oportunidades o portear. 
Siento que todo lo que NO pude conectarme con mi bebé durante el embarazo (que viví con bastante estrés, principalmente porque hubo dos mudanzas en esos meses) sí logré vincularme en estos segundos 9 meses. Lo entiendo mucho más de lo que conseguía entender a su hermanita. Estoy más tranquila cuando llora o cuando se enferma. Me afecta el sueño perdido (claro que sí) pero bastante menos que en mi primera maternidad. Quiqui es afortunado porque su hermana mayor en muchas cosas allanó el camino para que su primera infancia sea más fácil.
Y recién está empezando
a vivir sus primera aventuras...
En estos 9 meses disfruté muchísimo de verlo crecer, de convertirse en un recién nacido panchito y dormilón que sonreía en sueños a ser un gordo morfable que escala los muebles, quiere caminar ya mismo y contempla embelesado a Dani y todas sus payasadas. Gatea por toda la casa y nos sigue a todas partes como un perrito. Se ríe a carcajadas y juega a esconderse y a derribar torres de cubos gritando como un pajarito. Siente con intensidad todas las emociones: la alegría, sobre todo, pero también el enojo y la frustración... por estos días, está en pleno desarrollo de la angustia de separación, y me lo demuestra cuando nos reencontramos después de haber pasado cada uno en su colegio toda la mañana.
Me llena de orgullo verlo convertido en un bebote que come sus comidas, que puede dormirse con el papá además de conmigo y pasar buena parte de la noche en su cunita, en el dormitorio que comparte con su hermana mayor. Y me derrito ante sus intentos por hablar (que, calculo, en menos de lo que me imagine darán sus frutos).
Agradezco que en estos segundos 9 meses pude vincularme con este hijo y amarlo como se merece, disfrutar de este período de "fusión mamá-bebé" y darle la suficiente confianza como para que, de a poco, vayamos comenzando un despegue. Él quiere explorar el mundo. Yo tengo que hacer ahora el esfuerzo para poder soltarlo y dejarlo crecer. ¡Aún sabiendo que no va a ser un bebé por mucho tiempo más!

Te amo tanto, hijo... ¡Gracias por cada día que nos toca compartir!

(1) Gutman, L. La maternidad y el encuentro con la propia sombra. Editorial Del Nuevo Extremo: Buenos Aires, 2012. Página 109.

viernes, 23 de junio de 2017

Papá en el parto, ¿sí o no?

Hace muy poquito leí un artículo que me impactó. Me quedé con la boca abierta cuando vi que su tesis principal es que los hombres NO pertenecen a la sala de partos, no deberían estar presentes en el nacimiento de sus hijos, y que esta moda que lleva poco más de 40 años atenta contra el desarrollo natural del parto y lleva a más intervenciones médicas innecesarias.
Michael Odent
"Qué machista el autor", es lo primero que pensé. "Claro, que la mujer se arregle sola, total es su problema, ¿no?". Pero no iba por ahí el artículo. Debí haberlo sospechado cuando vi quién era el autor: Michael Odent, destacado obstetra francés, uno de los mayores defensores del parto natural y humanizado.
Al contrario. A medida de que avanzaba en mi lectura, tuve que reconocer que, tal vez, haya algo de razón en lo que postula (mal que les pese a los papás que quieren sentirse parte, que están verdaderamente comprometidos con su paternidad desde el embarazo y que por nada del mundo se perderían ese primer llanto del bebé).

El artículo es muy extenso y lo encontré en inglés. Pueden leerlo acá. Pero les resumo las ideas principales para ver si seguimos el razonamiento:

- Siempre, los protagonistas del parto son la mamá y el bebé. El hombre tiene poco y nada que aportar en esa escena y hasta, por el contrario, puede obstaculizar más que otra cosa.
- Hasta los años 70, el parto era cosa de mujeres: la mamá, la comadrona, a lo sumo alguna parienta mujer que pueda ayudar. En esa década comenzaron a aparecer mujeres que solicitaban la ayuda del marido, coincidiendo con la hospitalización del parto, que fue trasladado del ámbito doméstico al médico. Claro -pienso yo- si voy a estar rodeada de médicos desconocidos, anestesistas, instrumentadoras y demás personal mirando mis partes íntimas, el marido o la pareja viene a funcionar como protección o refugio frente a esa sensación de desnudez, de vulnerabilidad...
No es precisamente parir en cuclillas al lado del río...
- Si bien se insistió por aquellos años en las supuestas ventajas que tiene para la familia la presencia del padre en el parto, ninguna de esas ventajas ha sido debidamente comprobada por ningún estudio. Esto no lo sabía. Una ventaja que se me ocurre es que, con papá en la sala de partos, nadie separa al bebé de ambos padres una vez que ha nacido. Pero los defensores del parto humanizado sostienen que, en principio, no habría por qué separarlo de la mamá en primer lugar.
- Con excepción de nosotras, ninguna hembra animal da a luz con el macho presente. Y la mujer durante el parto debe conectarse con su parte más primitiva y mamífera, dejando de lado la parte "pensante" del cerebro. Cosa que no puede hacer si está su pareja al lado preguntándole cómo se siente, si necesita algo, aún si está intentando ayudar. Es cierto que nadie te puede ayudar. Es un camino que recorremos solas, por más personas que tengamos atendiéndonos.
- El padre durante el parto no puede evitar segregar adrenalina, al estar ansioso por más que intente disimularlo con su mejor sonrisa. Esta descarga hormonal es "contagiosa" y por lo tanto genera que también la mujer produzca la hormona, que interfiere con la producción de oxitocina que es la otra hormona, la buena, la que permite que el parto avance. Inconscientemente, al transmitirle su nerviosismo, el hombre estaría impidiendo que la mujer se relaje: "He estado con muchas mujeres que luchan por dar a luz con su pareja al lado. Y en el momento en que él deja el cuarto, el bebé llega. Después, dicen que fue "mala suerte" que él no estuviera en el momento en que nació el hijo". Acá, mientras iba leyendo, me quedé helada, porque el autor parecía describir a la perfección lo que fue mi segundo parto. ¿Puede ser que tenga razón?
- La mujer también debe continuar relajada junto con su bebé en la última fase, cuando expulsa la placenta, y el hecho de que el hombre trate de tocar al nuevo bebé no hace sino interferir, una vez más.
- El autor enumera también razones concernientes al padre, que tienen que ver con la posibilidad de desarrollar también los hombres depresión posparto si se involucran demasiado, así como que pierdan atracción sexual por su pareja luego de haber estado presentes en el nacimiento. Gracias a Dios esto no nos tocó a nosotros, no conozco a nadie al que le haya pasado (pero bueno, calculo que tampoco es algo que uno discutiría abiertamente con sus amigos "desde que vi a mi mujer parir, no la toco ni con un palo"... mmmh, no).

Cada vez más mujeres eligen recurrir a las doulas.
Por supuesto que no se puede esperar que cualquier mujer dé a luz sola. ¿Qué propone el obstetra? Que nos acompañemos entre nosotras. Fortalecer el rol de la doula, o acompañante de partos. Recurrir a nuestras madres, hermanas, amigas, todas ellas acompañantes mucho más idóneas que el papá del bebé.
No sé todavía si termino de estar de acuerdo con esta tesis. Me siento mal por aquellos papás que no se limitaron a concebir, sino que han vivido todo el embarazo participando, acompañando y ayudando, y que de repente se ven privados de formar parte del nacimiento.
Pero sí creo que el parto es nuestro, de las mujeres. Que, en todo caso, toda mujer que va a dar a luz debería decidir, sabiendo de antemano cómo puede afectarla la presencia del padre, si quiere que él esté acompañándola o no. Apropiarnos de nuestro parto significa que nadie decida por nosotras, ni los médicos, ni la sociedad, ni las costumbres... ni siquiera nuestra pareja. Ya habrá tiempo, en todo caso, para que papá y bebé forjen ese apego fundamental.

¿Qué piensan? ¿Les parece lo mejor que el papá esté en la sala de partos? ¿Cómo fue cuando nacieron sus hijos?

viernes, 16 de junio de 2017

Tener hijitos ¡es muy divertido!

Una foto hermosa que subió a Instagram una mamá conocida, y una frase que escribió ("nadie habla de lo divertido que es tener hijitx") me sirvieron como disparadores para reflexionar. Leo varios blogs de maternidad, y si bien es cierto que a veces publicamos anécdotas graciosas de nuestros retoños, también es verdad que la función predominante del género blog de maternidad suele ser el desahogo, la queja, la cantinela... y reconozco que no soy la excepción.

Por eso hoy sí quiero hablar de lo divertido que es maternar.
Porque ser mamá puede ser desafiante, cansador y todo lo que quieran, pero las recompensas ¡son incomparables!

"¿Quién necesita un manual de estimulación
cuando hay una hermana mayor en casa?"
Una de las cosas que más me divierte es escuchar hablar a los chicos. Hasta hace algún tiempo, llevaba un cuadernito con las frases que Dani iba diciendo, desde sus primeras palabras hasta las reflexiones cuando nació su hermanito. Confieso que en la actualidad ya no anoto nada, ¡y eso que se la pasa hablando! Pero es porque suelta una tras otra joyita, ¡y no me da tiempo a anotarlas! Por ejemplo, se dio cuenta de que tanto al papá como a mí nos encanta responder sus preguntas. Entonces empieza diciendo: "Mami, tengo una MUY BUENA, PERO MUY BUENA pregunta" y suelta cosas que dan para discutir y charlar largo rato, como "¿Por qué tenemos que bañarnos?" "¿Por qué nos gusta pintar?" "¿Quién inventó las casas?". Siguen largas ¡y divertidas! conversaciones.
¡Amo la hora de la comida!
Otra cosa cada vez más divertida es ver y escuchar interactuar a los hermanitos. Las caras de asombro y maravilla que pone Quiqui ante las payasadas de su hermana, por ejemplo. Hace un par de sábados, me despertaron las vocecitas de mis hijos desde su cuarto: el gordo en la cuna hacía sonidos y Dani dialogaba con él, "¿Te despertaste, gordo? Mamá y papá están durmiendo, ¡pero estás con tu hermana mayor! Mirá, tengo un libro que se llama "Mayor y menor", son dos hermanos, ¿ves?..." (ruido de hojas). Estuvieron largo rato jugando solitos mientras mi marido y yo hacíamos fiaca y sonreíamos escuchándolos.
Me divierte jugar juegos de mesa con Dani. Me divierte cocinar (¡siempre me gustó!) y ahora más porque tengo que pensar menúes aptos para un bebé de 8 meses, y trato de hacerlos lo más variados y ricos posible. Dani a veces cocina conmigo... ¡aunque después no quiera probar lo que preparamos! Me divierte mucho poder ir a la plaza si el día está lindo -reconozco que soy mejor mamá "de exteriores" que "de interiores". Me divierte verlos fascinados con mi gata (aunque a ella no le divierte NADAAAA el acoso de mis niños). Me divierte quedar empapada cuando lo baño a Quiqui porque a él le encanta chapotear y salpicar lo más lejos posible.
Lo más lindo de ser mamá es cuando estamos los cuatro juntos, bailamos escuchando cualquier música, agarramos el auto y nos vamos a algún lindo lugar al aire libre, o pensamos planes que nos puedan gustar a todos. No se me hubiera ocurrido ver un show de química en un museo, sacar entradas para una obra de teatro para bebés, subirme a la calesita, sacarme una foto con Mafalda en pleno San Telmo, disfrazarme de Batman o de vaquera, diseñar collares o volver a coleccionar figuritas si no fuera por Dani y por Quiqui.
Sin palabras :)

Es cierto que cuando te convertís en mamá no siempre te queda tiempo para las cosas que antes solían divertirte. Pero la verdad es que casi no extraño esas cosas. Tengo suficiente diversión en casa con mis chiquis. 

¿Y a ustedes? ¿Qué parte de ser mamás o papás les resulta más divertida?

viernes, 26 de mayo de 2017

Normalidad, bendita normalidad

Dos semanas sin escribir en el blog, dos semanas con hijos enfermos en casa. ¿Coincidencia? Nah, ya conté lo mala madre que soy con las enfermedades, cómo sacan lo peor de mí, de qué me iba a poner a hablar si todo mi ser estaba pendiente de que mi bebé de siete meses mejorara de su primera enfermedad, una horrible bronquiolitis (dentro de todo leve, por suerte). Y por estos días, cuando el gordito ya estaba convalesciente, cayó Dani -de nuevo en menos de un mes- con otitis.
Primero cayó Quiqui. Su primera vez enfermito.

No. Prefiero hablar ahora de lo mucho que se extraña la normalidad. Y de cómo no valoramos ciertas cosas hasta que nos faltan. Dicen los mayores que lo que importa es la salud. Cómo no la valoramos hasta que no la tenemos. En el caso de mi familia, tenemos que ser agradecidos de que solamente faltó por dos semanas.

Dos semanas encerrados en casa. Dos semanas sin plaza ni amigos, ni paseos al aire libre. Sin (casi) ver a nadie, más que a los abuelos y a la tía que se dieron alguna vuelta. Y no solo los chicos: los adultos también nos sentimos aislados. Hoy nada me pone más feliz que mirar por la ventana y ver que hay sol, y pensar que en un rato puedo ir con mis dos chiquitos recuperados a dar una vuelta por el barrio.
Dos semanas escuchando el coro nocturno de tocecitas. De no dormir de corrido más de una hora y media o dos (con suerte). De tener que encender la luz a la noche para poder hacerle el paff al bebé y de escucharlo llorar a gritos a las cinco de la mañana, rogando que su hermana mayor no se despertara también (a veces lo hacía). Hoy me parece una maravilla que mi bebé solo se despierte una vez de noche para tomar la teta, y que tranquilito se vuelva a quedar dormido.
Mis dos tesoros convalecientes. Hermosos pero ¡qué laburo!
Dos semanas faltando intermitentemente a mi trabajo, porque con el papá nos turnábamos para cuidar a los nenes. Justificativos médicos para que no nos descuenten los días, preparar actividades de antemano para la persona que me iba a cubrir, ver cómo se me acumulaban los pendientes y las correcciones. Hoy valoré más que nunca estar tranquila en mi aula con mis alumnos, dando la clase que tenía pensada y cumpliendo con mi tarea. Adoro mi trabajo. Adoro poder estar. Pero, bueno, a veces las prioridades cambian...

En fin, es la época del año, las enfermedades en los jardines de infantes florecen... me pregunto cuánto durará nuestra precaria normalidad. Mientras tanto, a disfrutarla.

domingo, 14 de mayo de 2017

Pequeñas reflexiones sobre el microcosmos familiar

La familia, todos lo sabemos, es la primera instancia de socialización para los niños. El tema es hasta qué punto lo sabemos hasta que nos toca vivirlo de manera directa. Ayer pensaba en esto cuando íbamos en el auto, y se escuchaban las carcajadas de mi hijo de siete meses ante las payasadas de su hermana mayor. Mi marido y yo nos mirábamos como desconcertados, porque como ellos iban atrás y además el gordo de espaldas, no entendíamos qué estaban haciendo para que él se riera. Pero aunque los hubiéramos visto, nos hubiéramos perdido de algo: ellos dos ya tienen sus códigos de hermanos, de los cuales papá y mamá quedamos indefectiblemente afuera. 
Ayer fue un día muy especial en nuestro microcosmos, porque finalmente mudamos la cunita de Quiqui al cuarto de Dani, que está feliz y entusiasmada de por fin compartir el dormitorio con su hermanito. Papi reloaded y yo recuperamos un poco de intimidad, yo aproveché para redecorar un poco nuestro propio dormitorio para reapropiarnos de él. En casa quedaron delimitados físicamente, ahora, el mundo de los grandes, y el mundo de los chicos.
A veces en broma los llamo "los hermanitos Macana"
pero se portan re-bien juntos...
Y siento que con esto hay una razón más para alegrarme de ser mamá por partida doble. Dani está menos sola que antes. No porque vaya a jugar mucho con su hermano, que al llevarse 4 años no sé cuánto tiempo llegarán a compartir juegos. Pero precisamente por esto de no ser más "la tercera en discordia" en una pareja, sino una integrante de un grupo, el grupo de los chicos. Mi marido me decía que le sorprende y le fascina verlos interactuar a los hermanos, que él, al ser hijo único, se perdió de vivir esta pequeña sociedad familiar.
Yo también me la perdí, aunque por otras razones. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía la edad que ahora tiene Dani, 4 años. Y mamá, mi hermana y yo formamos otro tipo de microcosmos. Uno donde mamá era la única adulta a cargo, donde la figura paterna estuvo siempre signada por la ausencia -incluso cuando nos visitaba, sabiendo como sabíamos que se iba a volver a ir tarde o temprano-, donde mi hermana y yo no supimos (no pudimos, más bien) construir un vínculo de cariño y complicidad sin sufrir de tremendos celos y competencia, que yo crecí pensando que eran los normales entre hermanos y ahora me doy cuenta de que podrían haber sido diferentes, más suaves, menos importantes al lado del afecto que nos teníamos -y que hoy, de adultas, afortunadamente y poniendo mucho de parte de cada una, hemos logrado recuperar.
Nos peleábamos muchísimo, pero igual fuimos
 muy compañeras de juego.
Me quedé pensando en algo que siempre me dice mi mamá, que por suerte cada generación hace las cosas un poco mejor que la anterior (siempre y cuando haya trabajado en mejorarse a sí mismo y en reconocer sus propios errores, limitaciones y carencias). Mi mamá hizo lo mejor que pudo para sacarnos adelante. Los papás de mi marido hicieron lo propio. Y nosotros hoy tenemos la fortuna de construir esta pequeña sociedad de cuatro, donde grandes y chicos tenemos nuestro propio lugar. ¿Cometemos errores? Seguro, y muchos. Quiero pensar que, el día de mañana, cuando mis hijos formen sus propias familias, podrán aprender de nosotros y hacer todo un poquito mejor.