¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

viernes, 28 de octubre de 2016

Brotes de crecimiento -o cómo mi adorable bebito se transformó en el niño sanguijuela

Anoche mi dulce Quiqui activó el modo sopapa: no se me despega de la teta. No logré dormir más de una hora seguida, que él se volvía a despertar y se prendía por una hora y media más. Y nada de cerrar los ojos y relajarse, tomaba como desesperado, con hociqueos y gruñidos de chanchito. Me resigné a tenerlo prendido al pecho y a pasar una de esas noches sin descanso a las que Dani en su momento me tuvo acostumbrada.

Y es que hace poco comprendí el tema de los brotes (o crisis) de crecimiento de los bebés. Parece que hay tres muy importantes que se suelen dar en todos los chicos más o menos para la misma época: a las 3, a las 6 y a las 12 semanas de vida aproximadamente. La primera, la de las tres semanas, es la que le toca atravesar a mi bebé. Simplemente, él está más grande y necesita más leche de la que viene tomando hasta ahora. Es cuestión de ponerlo a tomar todo lo que él me pida para que mi cuerpo en pocos días aprenda que debe producir más y todo se vuelva a normalizar. Mientras tanto, resignarme a que por estos días Quiqui se ha convertido en el bebé sanguijuela.

¿En qué me cambia ser mamá de dos? Esta misma crisis la debo haber atravesado con Dani y hoy no la recuerdo. Sí me doy cuenta de la diferencia de tener una buena pediatra para que te ayude a sostener la lactancia. El doctor de Dani era un excelente profesional, pero un señor muy mayor y con una visión muy clásica de la crianza: abogaba por "ordenarle las tomas", que "no me use la teta de chupete", y a la vez, me reconocía que la nena lloraba porque tenía hambre. ¿Qué hacer? En su caso, terminé recurriendo a la leche de fórmula en carísimas cajitas (el famoso "complemento"). Ahora, la nueva pediatra me dice que no me preocupe tanto, que si mi bebé pide teta quince veces le dé teta quince veces, que tiene menos de un mes, no lo estoy malcriando ni creando malos hábitos.

Por ahora, tengo muy firme mi propósito de sostener la lactancia cueste lo que cueste. Y, a diferencia de lo que me pasó en mi primera maternidad, una crisis de crecimiento no me genera angustia (aunque sí muuucho sueño), no me desespero, no siento ganas de salir corriendo, sino simplemente de sentarme a escribir.

jueves, 27 de octubre de 2016

Primeras veces con los dos

¡Por fin pude salir un poco! Ayer tuve control con mi obstetra y me dio permiso para ir retomando mi vida normal (¿será posible una vida normal con una nena y un bebé?). Así que hoy me ocupé de llevar a Dani al jardín de infantes, por supuesto con Quiqui bien instalado en su cochecito. Creo que el gordo ni se dio por enterado del paseo.
Claro que para mí fue bastante complicado: el bebé se largó a llorar mientras yo preparaba la leche para su hermana, tuve que prenderlo de la teta y desayunar con una sola mano, además de dejar la casa patas para arriba para que no se me hiciera tarde porque para la entrada del jardín, a diferencia de para la teta, sí hay horarios que cumplir. El cochecito resulta que no entra en el ascensor así que hay que llevarlo plegado. Pero cuando pienso que estuvimos a punto de mudarnos a un segundo piso por escalera, cierro la boca. No me puedo quejar, ¡al menos hay ascensor!
Además, quilombos aparte, me hizo bien salir. Y no solo a mí. Para Dani habrá sido importante ver que de nuevo soy yo quien se encarga de despertarla, vestirla, prepararle el desayuno (y perseguirla para que se lo tome), peinarla... está buenísimo haber contado con su papá durante todos estos días, pero la verdad es que yo también extrañé nuestra rutina juntas.
Hace un par de noches también me tocó por primera vez quedarme sola en casa por varias horas con los dos chicos, y todo salió bastante bien. Cuando su papá está trabajando o estudiando, con Dani siempre decíamos que era una "noche de chicas" y ahora en cambio es de "mamá con los nenes" o de "chicas con bebé" como dijo ella.

Creo que estoy valorando más los momentos que comparto con mi hija mayor. Siento que ser mamá de dos me ha renovado como mamá, me ha dado una energía extra (aún durmiendo pocas horas) que cuando fui mamá por primera vez no tenía. Tal vez gracias a Quiqui pueda ser mejor mamá también para Dani. Y seguro que gracias a lo que vengo viviendo con Dani puedo ser mejor mamá para Quiqui.

Hoy estoy contenta y me siento muy optimista.

domingo, 23 de octubre de 2016

¿Se puede disfrutar del puerperio?

Puerperio. Es una palabra que, hasta que no te toca atravesarla, casi no forma parte de nuestro vocabulario. El puerperio es muy real pero está disimulado, a diferencia de la menstruación, del embarazo, del parto. ¿Se espera que cuando una mujer tiene a su bebé salga de la clínica divina, maquillada, calzando el jean elastizado que hace 7 meses que no le entra y que el bebé duerma de corrido para que los padres puedan salir de joda pronto? ¿O no tanto?

Creo que así pensaba yo después de haber tenido a Dani. Los primeros días -excepto que en vez de días serían semanas o meses- como madre se me hicieron eternos, sentí que todo lo que yo era, todo lo que me gustaba hacer, todo se había ido no sé a dónde, y esta que quedaba acá ya no era yo misma. No me encontraba, no me reconocía. Por eso, moría de ganas porque el puerperio pasara lo antes posible: dentro de X días voy a poder volver a salir, dentro de X semanas podemos sacarla a pasear, dentro de X meses ya va a dormir de corrido, etc. Estas expectativas, apenas hace falta aclararlo, no siempre se cumplieron. Y por eso viví mis primeros meses de maternidad con mucha ansiedad y frustración.

El hecho de haber tenido una hijita tan despierta (literalmente despierta, dormía poquísimo desde bebita) y la privación consecuente de sueño no me ayudaron. Hubiera dado cualquier cosa por adelantar el tiempo. Quería que todo pasara rápido: que durmiera, sobre todo, pero también que nos permitiera volver a salir, que sostuviera sola la cabeza para no tener que tenerla permanentemente en brazos, que pudiera tomar mamadera pronto para poder dejársela a una abuela, que superara la edad de los cólicos, que comiera sólidos para que no dependiera tanto de mi teta.... Solo con terapia logré relajarme (mínimamente) y sentir que las cosas mejoraban con el paso de los meses. Pero aún hoy me siento culpable por no haber disfrutado más y mejor de la primera infancia de Dani. A veces siento que la cargué de ansiedad, siempre esperando tenerla un pasito más adelante del que le estaba tocando atravesar.

A ver, en principio cualquier puerperio es una etapa difícil. Nadie diría que es lo más lindo de tener un hijo. Una está medio endeble después del parto (escuché que con cesárea la recuperación es todavía más lenta). Todavía nos sobran kilos por todos lados. La casa es un caos. Hay pilas de ropa de bebé para lavar acumulándose por los rincones. Nunca encontrás el momento para sentarte a la mesa y compartir una comida en familia. No dormís bien (o directamente, no dormís). El bebé llora mucho.

Pero de esta segunda experiencia vengo aprendiendo que es posible encontrar paz en algunos momentos. La clave está en aceptar las cosas como vienen. ¿No se puede salir con el bebé durante el primer mes porque casi no tiene defensas? A disfrutar de quedarse en casa. ¿Nos quedó la panza floja después de parir? Estoy dando la teta, no me jodan, a relajarse y darse un festín de delivery y facturas. ¿Durmió tres horas de corrido? ¡Maravilloso! No se le puede pedir más a esta altura. ¿Vienen visitas? A aprovechar para conversar con otros adultos (aunque probablemente te la pases hablando de tu bebé). ¿Estás dolorida por los puntos? Aprovechá para quedarte en la cama mientras tu pareja pueda darte una manito. ¿El bebé llora por los cólicos? Paciencia... y pensá en que son algo normal de su desarrollo que quedará pronto en el olvido (si recordara todo lo que me tocó pasar con Dani, dudo de que graciosamente hubiera elegido tener un segundo hijo...).

Tal vez sea que esta vez me tocó un bebé más tranquilo, pero no la vengo pasando tan mal. Entonces, pienso que tal vez (solo tal vez) se puede disfrutar del puerperio... siempre y cuando no pretendamos que sea algo que no es.

miércoles, 19 de octubre de 2016

#NiUnaMenos


Si ya de por sí es un desafío criar a una hija en un mundo que sigue siendo machista, enseñarle a respetarse a sí misma, a quererse como es, a perseguir sus sueños más allá de las imposiciones sociales, a no dejarse llevar por los patrones de belleza impuestos por los medios de comunicación...

... Aún más desafiante me resulta la perspectiva de educar a mi hijo varón para que él también crezca siendo respetuoso, aceptando el "no" de las mujeres, separándose de los estereotipos de masculinidad que tanto daño nos hacen ("los varoncitos no lloran", "no juegues con muñecas", "el rosa es color de nenas"), procurando que él, como hombre, también sea feminista, porque la alternativa es seguir perpetuando este modelo patriarcal que nos mata.

Pero es un desafío que vale la pena.
Espero estar a la altura.

martes, 18 de octubre de 2016

¿Es más fácil parir por segunda vez?

En estos días, esa pregunta me la hacen muchos de los que vienen a conocer a Quiqui. También yo me lo preguntaba durante el embarazo. Hablé con mi partera al respecto, así como con varias mamás que conozco que se han atrevido a ir por el segundo niño. Por mi parte, yo había crecido escuchando la historia de los partos de mi propia mamá. El mío (el de su hija mayor) fue bastante bravo: más de 12 horas de trabajo de parto luego de romper bolsa, yo terminé naciendo con forceps y mi mamá necesitando una transfusión. El de mi hermana, 17 meses más tarde, un parto "de película" según cuenta mi mamá: rápido, casi sin dolor, a pesar de que la beba pesó más de 4 kilos.

En mi caso, puedo decir que, definitivamente, este segundo parto fue más rápido. Yo con Dani había tenido un parto natural, tras 6 u 8 horas de dilatación y 2 más pujando en la sala de partos (si bien bajo efecto de la peridural no se me hizo tan tremendo como suena). Con Quiqui fueron solamente 2 horas y 40 minutos desde que me interné hasta que lo tuve en brazos. Nació en ¡dos pujos! y no llegaron a verlo salir al mundo ni su papá (que estaba terminando de ponerse el ambo para entrar) ni siquiera mi obstetra, que entró detrás de él. Me asistió una partera amorosa que me dio muchísimo ánimo pese a que nunca la había visto antes.

Ahora sí, lo que recuerdo de este último parto fueron unas primeras 2 horas de contracciones bastante manejables con la respiración (y donde me ayudó muchísimo el papá)... y unos 15 minutos de agonía mientras terminaba de dilatar y aún no había llegado el anestesista. De hecho, creo que casi no llegué a beneficiarme de la peridural esta vez, me la aplicaron y a los 2 minutos parí, así que dudo que haya llegado a hacerme efecto.

En esos 15 minutos creo que experimenté un dolor "concentrado", mayor incluso al que recuerdo del parto de Dani. Lo loco es que se trata de un dolor trascendental, de alguna manera una siente que es necesario (y lo es) para poder verle la carita a tu hijo y pocos minutos después, cuando tenés al bebé encima tuyo, todo resbaladizo como un pez y mirándote con cara de susto, ese dolor se olvida. Por cierto, de mis dos partos guardo idéntica sensación de orgullo y de logro cumplido.

Esta vez estuve más consciente que la primera que el parto es un trabajo de dos: de la madre y del bebé. Tampoco Quiqui la habrá pasado bien: con sus 3,890 kilos, se fracturó una clavícula al nacer. Hoy día está muy bien, se va a curar solo, pero para él no fue sencillo venir al mundo como para mí tampoco fue traerlo.

Entonces, ¿es fácil parir por segunda vez? En mi caso, puedo contestar que no. Pero para las amigas primerizas que me lo preguntan, respondería que el saber que tanto dolor tiene recompensa y el hecho de que sea más rápido todo, es razón más que válida para perderle el miedo a tener un segundo hijo.

lunes, 17 de octubre de 2016

Tejer

Me reconozco como una persona muy ansiosa. Lo padezco desde que soy muy chica y me cansé de escuchar a los demás quejarse de mi pesimismo y de mi tendencia a anticipar desgracias. De hecho, recibir hace algunos años un diagnóstico profesional de TAG (Trastorno de Ansiedad Generalizada) fue más un alivio que otra cosa. Me explico, no es que "yo fuera así" por ser yo, sino que muchas de las características más molestas de mi personalidad eran atribuibles, justamente, a mi ansiedad. No era "marianismo" esa vocecita interior que me decía que un dolor de cabeza era una aneurisma a punto de estallar, o que el mundo se iba a terminar el 21/12/12 según una supuesta profecía maya, o que si mi marido no respondía el celular era porque lo habían asaltado: era mi ansiedad.

Reconocer mi trastorno de ansiedad, comenzar a tratarlo y sentir cómo mi vida mejoraba fueron, casi casi, la misma cosa. De todas maneras, varios años después sé que la ansiedad es algo con lo que deberé convivir de por vida, algo tal vez sin lo cual no sería quien soy, que también me ha ayudado a ponerme las pilas con muchas cosas (ser organizada, cumplir plazos, aprender a trazar metas realistas, llegar a determinados objetivos, etc.)

Y, por supuesto, como madre no pude otra cosa más que ser ansiosa. En mi primer embarazo (y bastante menos en este segundo) tachaba los días del primer trimestre pensando que cada uno que pasaba mi bebé tenía más chances de nacer. Esperaba con ansiedad las consultas médicas con una lista de preguntas. Contaba los días que pasaban hasta la siguiente ecografía.
A la vez, no quería transmitirle esta ansiedad a mi bebé. Cuando estaba de 6 semanas de embarazo de Dani, tuve un pico de presión alta. Cardiólogo y holter de por medio, la conclusión fue la siguiente: estás cagada en las patas. Bajá un cambio si no querés que todo eso le llegue al bebé.
Me ayudó mucho comenzar a hacer yoga de embarazadas, para centrarme en el presente (si bien no tanto como me gustaría, pero algo es algo). Busqué conectarme con la respiración y con el ahora. Y cada vez que me aparecía un pensamiento cuco, me repetía a mí misma: "no es una premonición, no son poderes proféticos, es solamente tu ansiedad, no le hagas caso".

Comenzando la manta de Dani, si Fiona me deja.
Pues bien, otro de los recursos que me ayudó a paliar mi ansiedad, a conectarme con el momento presente y a bajar un cambio en mis pensamientos -tanto los negativos como los positivos, porque lo cierto es que mi cabeza siempre va a mil y a veces me agota, además de agotar a quienes tengo a mi alrededor- fue el que le da título a esta entrada: aprender a tejer. Estaba embarazada de pocos meses de Dani cuando una compañera de trabajo me enseñó los primeros pasos básicos, como ser montar los puntos, hacer la trama básica santa clara y revés, cerrarlos. Con ella y con algunos tutoriales de Youtube como este, logré terminar -en varios meses- mi primera mantita para mi hija.

Desde entonces, le he hecho a ella un gorrito, unas polainas y dos bufandas, además de mantas para varios bebés de familiares, amigas y colegas, más bufandas para mi hermana, para la madrina de mi hija, para mi marido, para mi mamá...
Con Quiqui fue la primera vez que tejí con hilo, ya que lo esperábamos para una época del año más cálida. Fuimos a comprar el material con Dani, que me ayudó a elegir un color que le fuera a gustar al "hermanito menor". Empecé la manta junto con mi licencia por maternidad, y tejiendo un rato cada día, la terminé un par de semanas antes de que él naciera.

Proyecto terminado.
Tejer me ayuda a bajar mi ansiedad porque me conecta con lo que estoy haciendo. Mantiene mis manos ocupadas y mi mente más libre. Me relaja, me ayuda incluso a conciliar pronto el sueño y a dormir mejor. Siempre me gusta tejer un rato antes de tomar una siesta reparadora. Y lo veo como un pasatiempo productivo, ya que cuando termina todo, te queda una cosa hermosa terminada, no como ocurre con esas granjas o ciudades virtuales de los jueguitos de Facebook con los que tiempo atrás dejaba pasar las horas muertas...

Mi abuelo me dijo un día, respecto a mi tejido para mi bebé: "Cada punto es un beso que le da su mamá". Pero también es una palmadita de confianza, una caricia y un estímulo que me doy a mí misma.


domingo, 16 de octubre de 2016

Y se va la segunda

No soy una blogger primeriza.

Mucho, muchísimo tiempo atrás, fui la creadora de un blog de relativo éxito: me trajo muchos amigos, fama virtual (?), satisfacciones y automotivación para cumplir con importantes metas, como irme a vivir sola o terminar la facultad. Pero se cerró una etapa en mi vida y con ella, aquel blog. En su momento, dije que finalizaba un primer tomo. Hoy, decido emprender un segundo.

Y no elegí el momento por casualidad.

Durante estos años que estuve alejada del mundo de la blogósfera, pasaron muchas cosas importantes en mi vida: me casé, viajé bastante, profesionalmente me desarrollé  y reorienté mi carrera. Pero nada se compara con el hecho de haberme convertido en mamá. Primero llegó mi chiquita, Dani, que hoy ya se acerca a los 4 años. Y hace cosa de días, más exactamente una semana, nació Quiqui, mi segundo hijo.*

En estos años encontré en los blogs de maternidad un refugio, amistades, consejo, consuelo, más preguntas, todas cosas que hicieron más llevaderas mi vida como mamá primeriza, perfeccionista, insegura y ansiosa. Hasta ahora, no se me hubiera ocurrido que yo también podía tener mi propio blog. ¿Qué podía compartir como madre primeriza que otra bloguera no hubiera dicho mejor antes que yo?

Pero ahora tampoco soy una madre primeriza. Y esta maternidad me ha pegado por un lado muy distinto a la primera. Y dediqué muy poco tiempo de mi segundo embarazo a pensarlo, a soñar con mi bebé, a hablarle, a meditar. Y aún así, nació y nos conectamos enseguida. Entonces, me dieron ganas de registrar y de compartir estas experiencias como mami... reloaded.


*Comprenderán que los nombres de mis niños han sido levemente alterados para evitarles futuros dolores de cabeza y ahorrar en sesiones de sus respectivos psicoanalistas.