¿Para qué escribo? Para desahogarme. Para contactar madres (o padres) de la blogósfera, cual botella al mar. Para mantener mi escritura activa. Para registrar momentos mientras mis chiquitos crecen vertiginosamente rápido.

domingo, 1 de abril de 2018

Mis problemas con la edad bisagra

Mi hijo menor, con un año y medio, ha dejado atrás la etapa del bebito indefenso sin entrar aún en la del nene independiente que vaya al baño solo, se quede a dormir en lo de los abuelos y haga planes en casa de amigos. Está terrible. Todavía no habla y hace tremendos berrinches cuando no consigue hacerse entender -pocas veces- o cuando sí se hace entender pero no consigue lo que quiere -muchas, muchas veces. No tiene la más mínima noción del peligro, lo que me hace tener que vigilarlo permanentemente. A veces, tampoco esto sirve para nada. Como cuando delante de mí se paró en una silla y en una fracción de segundo, se apoyó en el respaldo y se fue de cara al suelo. Ojo ensangrentado, guardia de urgencias, taquicardia (mía). Dos semanas después, yo todavía tenía pánico de sacarlo a jugar a la plaza.
Un segundo de descuido y...
No la estoy pasando bien. A veces siento que me quedo sin resto. Que no doy más. Que quiero que crezca de una maldita vez. Que hable, y no como un Pokemon. Que entienda que la ley de gravedad se cumple indefectiblemente. Que las cosas calientes lastiman, que las cosas puntiagudas pinchan. Que las cosas filosas, ¿a que no saben? sí, cortan. Y que mamá no siempre tiene tiempo ni ganas de hacerle upa.

Me siento muy egoísta. Pero extraño mucho, muchísimo, mi independencia. Poder salir sola con mi marido, poder ir al cine... Igual tengo que admitir que bastantes cosas mejoraron de un tiempo a esta parte. Por ejemplo, algunas noches el gordo consigue dormirse de corrido, y en su habitación, durante 8 o 9 horas. Eso es una mejora drástica comparada con los meses y meses de dormir en tandas de una hora y media o dos. 

Está clarísimo. El problema no es Quiqui. Quiqui es un saludable nene de casi un año y medio, está pegote y demandante, no sabe jugar solo aún, y lo que le pasa es completamente normal. Lo peor es que YO no me soporto. No me gusto como madre. No me gusto para nada en esta etapa. Me siento una porquería. Pierdo la paciencia con facilidad, a veces le grito, y siempre termino sintiéndome fatal. Y no es la primera vez. Me pasó algo muy parecido con Dani cuando ella tenía esta edad bisagra. Evidentemente, no soy buena con los chicos chiquitos. Puedo criar a un bebé de teta, y me llevo bárbaro con una nena en edad preescolar que conversa, hace preguntas y juega juegos de mesa. Me cuesta demasiado sobrellevar el día a día con un enano kamikaze que todavía carece del más mínimo autocontrol. Pero, ¿quién debería poder lidiar con la situación, mi hijo o yo? 
Lo sé: le estoy fallando. Estoy fallando.

Todos me dicen que hay que disfrutar de cada momento de la infancia de nuestr@s hij@s, que se pasa demasiado rápido. Y lo estoy viviendo en carne propia con Dani, que ahora que va doble turno al cole pasa más tiempo fuera de casa que en ella. ¿Por qué no puedo aprender de mi propia experiencia esta vez? ¿Por qué no me sale aprovechar esta época de la vida de mi chiquito, disfrutar de sus últimos balbuceos y de sus aprendizajes? ¿Por qué tampoco para esto me sirve ser una mami reloaded? 

martes, 6 de marzo de 2018

A ser feminista también se aprende

Nadie llega a ser madre sabiéndolo. Aún con más de cinco años de experiencia, me considero una aprendiz. Sin ir muy lejos, un rato antes de sentarme a escribir esta entrada, estuve en la guardia pediátrica con Quiqui, que se acababa de caer de una silla delante de mis narices, se abrió un párpado y se le puso todo el ojito morado. Y yo estuve ahí. Y no lo pude proteger ni atajar. Y ahora, aunque sé que está bien, tengo que lidiar con la culpa de verlo convertido en el Rocky Balboa de la salita de deambuladores.
Es que la maternidad es un aprendizaje que nunca se completa. Que creemos que será fácil, que llenamos de imaginarios "yo nunca-nunca" que después nos causan gracia. Desde chiquitas crecemos con una construcción mental imaginaria de la madre perfecta -a veces, proyectamos esa perfección en la madre real que nos tocó en suerte, hasta que llegamos a la adolescencia y nos despachamos con que mamá es un ser humano imperfecto más. Absorbemos lo que una madre debería llegar a ser a través de las publicidades, la televisión, los estereotipos... la realidad que nos llega después es una pared con la que nos chocamos y terminamos abolladas.
Y no es casualidad que empiece hablando de maternidad para llegar al tema que me interesa hoy, que es el feminismo. De hecho, la presión por ser madres perfectas (o la presión por ser madres, punto), el ideal de madre todopoderosa que puede atajar todo (hasta la caída de un chiquito inquieto de 17 meses contra el suelo), la imagen de mujer multitasking que puede con la familia, la carrera, la casa y mantiene un físico espléndido, todo junto... también son trampas del patriarcado para someternos. Para hacernos sentir que nada de lo que hagamos alcanza. Para que, ocupadas en competir y en criticarnos a nosotras mismas, no reparemos en un sistema que nos somete.

Ya lo dije en alguna ocasión, no considero que la lucha sea entre varones por un lado y mujeres por el otro. Voces expertas pueden explicar mucho mejor que yo por qué el feminismo implica también una libertad para los hombres (1). La lucha es entre los defensores de un antiguo orden y los que creemos en la necesidad de instaurar uno nuevo. Lamentablemente, en el primer bando se cuentan muchas, muchísimas mujeres. Son tantas las que sostienen que el feminismo no las representa porque ellas creen en la igualdad, o porque tienen un hijo varón al que quieren con toda el alma... ¡Y yo también, alguna vez, fui una de ellas! Me da bastante vergüenza admitirlo, pero puedo recordarme adolescente, cuestionando a mi hermana por usar maquillaje y ropa ajustada y después quejarse de que le gritaran cosas por la calle. O asociando la palabra "feminista" con algo negativo, por ignorancia, creyendo que se refería a "machismo" a la inversa, incluso al escribir un texto a propósito del Día Internacional de la Mujer. O usando expresiones cotidianas sin darme cuenta, del estilo "mi marido ayuda en casa".

A ser madre se aprende. A ser feminista, también. Desde unos años a esta parte, cuando comenzó el movimiento #NiUnaMenos pero sobre todo desde que me enteré de que iba a ser madre de un hijo varón, comencé a interiorizarme más sobre el tema. A leer sobre el feminismo, a tratar de comprender de qué se trata. A construir argumentos que me permitan justificar con solidez mi visión y mi postura. Pero sobre todo, a tratar de estar más atenta a los micromachismos de la vida cotidiana, a combatirlos y a denunciarlos. Sobre todo cuando vienen -ay- de mi parte. Sigo aprendiendo. Y la mejor manera que encuentro de aprender a ser feminista es leyendo (2), viendo videos, charlando con otr@s feministas, participando, yendo a las marchas.
Tengo 36 años. No soy una feminista perfecta ni mucho menos. Ni tengo todo re-claro. Ni coincido cien por ciento con todos los reclamos del colectivo, que se caracteriza por su pluralidad. Pero hoy sí puedo decir que tengo una postura tomada. Que me interesa criar hija e hijo feministas por igual. Que quiero despertar estas inquietudes en mis alumnos y en personas de mi entorno. 

Y que no puedo dejar pasar un 8 de marzo sin escribir unas palabras al respecto.


(1) A propósito, los invito a dedicarle 30 minutos de su día a esta conferencia imperdible de la nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie.

(2) Un libro que me sirvió mucho para conocer más del tema es Bad feminist, de la escritora haitiana-estadounidense Roxane Gay. Se puede conseguir traducido pero cuesta bastante, es mejor bajárselo para leer en el Kindle.

jueves, 1 de marzo de 2018

Doble escolaridad: del "yo nunca-nunca" a la mejor opción

Llega marzo, y con el final del calor con un lorca más insoportable que en febrero volvemos todos a las aulas. Hoy empecé como maestra un nuevo ciclo lectivo, lo que siempre me trae alegría y un entusiasmo renovado porque me encanta estar con mis alumnos y compartir el día a día, más allá de que la coyuntura política insista en despreciar y en menospreciar nuestra labor.
Literalmente, ¡me dio la
espalda todo el tiempo!
Pero hoy no quiero hablar de mí, hoy quiero hablar de mi hija mayor que empezó su preescolar. Hoy fue un día feliz, verla sonreír y abrazarse con sus amigos -con los que viene acompañándose desde salita de 2. Escuchar sus intervenciones en voz alta (y qué caudal de voz tiene la peque) durante la formación en el patio. Sonreír pensando en que mal no le vendría media pastillita de Rivotril mezclada con el Nesquick para que baje un cambio. Sacarle fotos en las que no salió mirando a la cámara porque ni para eso me dio bola.

Y, a la vez, no deja de ser un día agridulce. Tengo esa sensación de lo rápido que se pasa el tiempo y cómo se escurre su infancia entre mis días. Si ya venía sintiendo esto de que sus horas dejaron de pertenecerme, ahora que va a concurrir doble turno al jardín, menos que menos. Saco la cuenta y veo que, quitando el desayuno y la caminata al cole, vamos a pasar separadas el doble de horas de las que la voy a tener en casa. Y un poquitito se me estruja el corazón. "Qué va a ser de ti lejos de casa, nena, qué va a ser de ti...."
Allá por la prehistoria, lo que desde mi punto de vista es cualquier momento previo a convertirme en madre, siempre sostuve que "yo nunca-nunca" mandaría a mis hijos a doble escolaridad. Será porque el único año que yo cursé con esta modalidad -cuando tenía 12 años- fue una verdadera pesadilla. En mi caso, lo terrible no fue la jornada larga en sí, sino ser nueva en el último año de primaria, hallarme entre una jauría de feroces preadolescentes que se maquillaban, besaban en la boca a sus noviecitos e iban a bailar mientras yo venía de un verano de paseos en bicicleta y -glup- todavía jugar a las Barbies... Pero bueno, el hecho de pasar tantas horas en la escuela a merced de estas criaturas impiadosas no ayudó. Como sea, me dije que si un día tenía hijos, iba a ser para pasar mucho tiempo con ellos, y no para "sacármelos de encima" mandándolos tanto tiempo al cole.
Crecí, hice un secundario de jornada prolongada pero no doble, y fue genial. Aún sin asistir a colegio bilingüe, aprendí inglés y computación, lo que reforzó mi convicción de que realmente no es imprescindible el colegio del jumper y el escudito verde para tener futuro en la vida. Crecí, conseguí trabajo en un jardín carísimo bilingüe, vi a chicos de la edad que ahora tiene mi hija sufriendo estrés por tener que dar exámenes de ingreso (!) para conseguir vacante en uno de esos colegios exclusivos de zona norte, y me juré y me repetí una vez más que no, que "nunca-nunca" iba a inscribir a un hijo mío en un doble turno.
Y viene la vida, y vienen tus hijos, y vienen los tiempos que corren, y todo se conjuga para tirar de culo tus convicciones. En mi caso, tanto mi marido como yo nos dimos cuenta de que el doble turno es la mejor alternativa por varios motivos. 
- Por un lado, porque la propia manera de ser de Dani hace que las tardes con nosotros se le estén haciendo chicle: no hay mucho espacio en casa para desplegar la imaginación jugando sola, duerme pocas horas (no hace siesta desde los tres años y medio), ocupa su tiempo con televisión o computadora, se aburre hasta que finalmente Quiqui despierta y los podemos llevar un rato a la plaza. 
- Por otro lado, la infancia de Dani no es la mía: no hay jardín de la abuela ni de casa, no hay veredas donde ir a andar en bicicleta, no hay una hermana de la misma edad con la que jugar sino un hermanito chiquito que necesita silencio a la hora de la siesta. Sí hay un espacio lúdico y de aprendizaje lleno de chicos con los que pasar el día aprendiendo y descubriendo nuevas experiencias. 
- Finalmente, también ayuda haber encontrado el colegio. Yo trabajo ahí desde hace años, me gusta tanto la institución que decidí elegirla también como escuela para mi hija. Ni nombre en inglés, escudito verde ni jumper. Sí hay un buen nivel de inglés (pero no más carga horaria que de castellano), club, pileta de natación, taller de yoga, ajedrez toda la primaria, teatro y un clima de familiaridad, compañerismo y contención. Un grupo de padres con el cual me siento cómoda y en el que ya he encontrado amigas nuevas. Maestras muy distintas entre sí, pero todas amorosas, dedicadas y a las cuales mi hija adora año tras año. 
Solo se dio vuelta para decirme
"chaaaau, mami!!!"

Entonces, estoy segura de que en el caso de Dani, ir a preescolar mañana y tarde va a ser la mejor opción, y no solo en el sentido de lo mejor posible, sino realmente lo que ella más quiere y lo que le va a resultar más enriquecedor. De todas maneras, estamos abiertos a escucharla. Si la notamos muy cansada o pierde el entusiasmo pronto, todavía se puede recalcular. Pero, conociéndola como la conozco, lo dudo mucho. Creo que el ofrecerle ir solo algunas veces por semana, o volver a comer a casa determinados mediodías, responde más a mi necesidad que a la de ella. Sé que la voy a extrañar a mi chiquita grande.
Mientras tanto, el gordo gana algunas horas de exclusividad que le van a venir bárbaras. Hijito menor que le sigue el trote a la hermana grande, está buenísimo que pueda estar algunos ratos solo conmigo, comer a su ritmo, ir a jugar a la plaza a juegos de su tamaño y no a las trampas mortales que explora cuando vamos con la acróbata de cinco años. Y creo que puede ser una buena oportunidad para compartir esos momentos con mi chiquito chico.

¿Qué opinan de la escolaridad doble turno? ¿Responde más a una necesidad de los chicos, o de nosotros los padres? ¿Y hay algún "yo nunca-nunca" que hayan dicho como madres o padres del cual después se hayan arrepentido?

jueves, 15 de febrero de 2018

Perdón, hoy no pude

Perdón, chicos, hoy no fui la mejor versión de mí.
Hoy no les tuve paciencia. Es cierto que están demandantes, que Dani me contesta todo y que se le dio por volverse muy quisquillosa a la hora de comer. Es cierto que Quiqui no está acostumbrado a quedarse bajo el cuidado de mi mamá, su abuela a la que adora, y que con tantos juegos y risas se le pasó la hora de la siesta y se puso chinchudo. Pero nada de eso es lo importante. La adulta acá soy yo. Y fui yo la que no entendió que también ustedes se están habituando a que volví al trabajo, a que ya no estoy disponible todo el día. No pude poner buena cara ni decir las cosas con ternura.
Perdón, porque hoy estuve gritona. Los reté más de la cuenta. Exigí de más. Esperé que se pusieran a la altura de unas expectativas poco realistas.
Perdón, porque aún sabiendo que cada día de su infancia es único e irrepetible, y que a medida que crecen se alejan cada vez más, y que algún día extrañaré estos momentos que no vuelven, pese a todo eso, hoy no pude disfrutarlos.

Es cierto que la mayoría de los días disfruto de ser mamá más que de nada en el mundo. Pero también es cierto que hoy estoy cansada, mal dormida, tensa ante las caóticas semanas que se nos vienen encima hasta que la rutina vuelva a acomodarse. No solo no lo pasé bien con ustedes, mis hijos, no lo pasé bien con nada. Estuve todo el día esperando que las horas pasaran. Lógico, se me hicieron chicle. Ustedes, chiquitos, lo percibieron, absorbieron mi malestar. Y entramos en uno de esos círculos viciosos que supongo que toda mamá o todo papá padecen de vez en cuando.
Pero que solo a nosotros, los grandes, nos corresponde romper.

Por eso les pido perdón. A diario hago un esfuerzo por ser la mamá que se merecen.
Hoy, hoy no pude.